Un vaso roto

Ilustración: Yissel Alvarez

Una amiga a la que quiero mucho, excelente doctora, me ha dicho que necesito reconstruir mis “recursos psicológicos”, ahora mismo agotados. He pensado como podría hacer eso, evitando lugares comunes y sin reservarme en el camino zonas de puro privilegio en las cuales no me enteré o forme parte de este, nuestro contexto colectivo y plural. En medio de ese análisis, no muy avanzado hasta ahora, pensé que si escribía algo podría tranquilizarme un poco. Y eso he hecho. Este texto va sobre un vaso roto –aunque en el camino se puedan identificar muchas otras cosas rotas…

El 24 de marzo intentaba hacer un par de cosas a la vez. Intenté coger un vaso con la mano llena de detergente porque estaba fregando. Se me resbaló. Intenté pararlo. En el proceso me corté un dedo. Me corté el pulgar derecho, y me corté bastante. Yo misma, con la otra mano, presioné la herida en lo que Lester, mi novio, llegaba desde la otra habitación con un trapo para hacer un torniquete. Nos cambiamos de ropa, él llamó a un taxi y en menos de 30 minutos luego del accidente yo estaba en un cuerpo de guardia, en uno de los tres o cuatro centros de trauma que funcionan ahora en esta ciudad. El cuerpo de guardia estaba bien concurrido, yo muy alterada y aquel era el comienzo de una película que parecía de ficción, pero que es la pura realidad.

Como yo era la única que había visto la herida y era, además, la que la tenía, había previstos todos los peores escenarios: hueso cortado, dedo perdido, y todas las demás posibilidades que llegan a tu mente con el impacto de una situación de trauma –cualquiera sea su gravedad o naturaleza. Entonces, Lester pidió el último, en aquella sala que tenía decenas de personas y yo, como ráfaga, le dije: último no, esto es una emergencia, toca la puerta. En la puerta salió alguien que estaba de salida y que decirle de un dedo cortado era como hablarle de la luna, le pedí que le avisara al médico, ella lo hizo, él dijo que entrara y esperara dos minutos.

Entramos.

El médico revisaba una jaba de alguien que vendía pasta de dientes, jabones, esas cosas. Luego de terminar con la jaba me atendió, con una calma que solo me alteraba más, si es que eso era posible. Preguntó qué había pasado y le explicamos. Yo solté mi teoría del hueso roto y el incrédulo me envió a rayos x. Hizo algún que otro chiste sin final feliz, yo insistía en que examinara el dedo y él en los rayos x. En realidad, mi mente no estaba ahí, con él. En cuanto me corté el dedo había empezado a llamar a la persona en la que confío para temas de salud. No estaba en mis planes confiarle el dedo al equipo de urgencias de ningún lugar.

Los rayos x salieron, como era de esperar el hueso estaba intacto, así que debían revisar la funcionalidad del dedo. Ahí mismo en urgencias me lo revisó para comprobar lo que ya sabía, me había llevado el tendón flexor. Su expresión exacta fue: “no te preocupes, eso yo te lo opero en un momento” y mi respuesta: ¿de casualidad te refieres a operarme aquí y ahora? Me explicó que era arriba, en el pre-salón, y que eso era rápido. En algún punto confié en esa posibilidad. El parecía tan convencido…Había que esterilizar unos instrumentos, así que esperamos un rato. Yo había logrado hablar por teléfono con la persona en cuyo criterio confiaba y que se encontraba de camino al hospital. En un rato el médico me buscó y subimos al área del salón de operaciones. Ahí conversamos, hablamos hasta del proceso de recuperación, aquello estaba pasando. Esperamos en un pasillo y nadie aparecía así que él salió a buscar a la persona que debía asistir. Cuando regresó, me ayudó a vestirme y fuimos a una habitación con unas camas, ese era el pre-salón, supuestamente.

Ahí me acostaron y empezaron a acomodar cosas. Cuando preparó la mesa para ver si el brazo llegaba hasta ahí y todos los detalles, la desinfectó con el pomo de alcohol para las manos que traía encima (como los que tenemos para salir a la calle y limpiarnos las manos) y yo, justo en ese instante, aluciné. Siguió organizando. En algún momento dijo que la luz no era suficiente, pero que no se podía tener todo en la vida y yo aluciné nuevamente. En algún momento le comenté que todo aquello me parecía imposible y él me dijo: “esto es lo que tenemos”. Empecé a sacar cuentas de todas las bacterias que me llegarían al dedo, y cuando regresó a la habitación el equipo quirúrgico completo –eran como 4– con el médico al frente, este me dijo: “Fulano me ha comentado que tal vez tú no resistas esta cirugía sin anestesia, porque hay que hacerte una isquemia y eso molesta muchísimo”.

Obviamente, lo primero que atiné a hacer fue preguntar en qué consistía la isquemia. Se trata de un procedimiento mediante el cual aprietan tu brazo todo lo que puedan para que aparezca el tendón. No se trata de algo momentáneo, te lo dejan apretado un buen rato. Yo me quede tiesa. No lograba sacar a la luz un próximo paso que me dejara con dedo. Les pregunté entonces que cuáles eran mis opciones. Eran tres: la primera, seguir con el plan inicial y operarme en la mesa de las bacterias, sin luz y con anestesia local mínima; la segunda, esperar —desde 24 horas hasta 4 días, me explicaron— a que hubiera un espacio en el salón para operarme con anestesia general, porque la mía era una urgencia relativa, y en la concreta, llevarme a un salón con tantas otras urgencias vitales no era una posibilidad cercana en el tiempo. La tercera opción era irme, si es que tenía manera de resolver como operarme en mejores condiciones.

No entendía nada. Mi experiencia con el sistema de salud era terrible, pero lo que estaba pasando me parecía de otro planeta. Yo estaba ahí con un dedo cortado, así que seguí preguntado: ¿acaso operarme ahora o mañana no determina nada en la funcionalidad de mi dedo? Me dijeron que no, que los libros decían que tenía 10 días para operar una lesión de ese tipo.

Hice una llamada rápida para consultar mis opciones y les dije que me iría. Ahí me contaron sobre las terribles condiciones en las que trabajaban –yo seguía alucinando- y a pesar de la terrible situación, hasta pena sentí por ellos. La sentí por la vergüenza que implica, si te importa lo que haces, llegar a darle opciones no éticas y no ideales a tu paciente; por el coraje y la honestidad que hace falta para decir: “yo prefiero operarte ahora aunque no sea en las condiciones ideales porque cuando amanezca y me tenga que ir, y ya las decisiones no dependan de mí, no sé qué pueda pasar contigo, cuantos días puedas estar esperando”; por el compromiso que no alcanza –y debería hacerlo- cuando ves a un médico que abre varias pilas de agua para poder ponerte un yeso y en ninguna hay, cuando ese mismo médico camina contigo por el hospital y pide de favor que te pongan algo de antibiótico, para que “al menos te vayas con eso”; cuando luego de tan excepcional experiencia te piden firmar un consentimiento informado que dice que has rechazado bajo tu responsabilidad una cirugía de urgencia de reparación de tu tendón; cuando te explican que si todos los tendones que llegan a urgencias se llevaran a anestesia general, no se harían otras cirugías en el hospital. Pena. Mucha pena.

Como ya el cuento es demasiado largo, resumo ideas del final: al día siguiente fui a ver a otros cirujanos, se hicieron múltiples gestiones para operarme el día 26 como urgencia, fueron muy claros: “no tienes 10 días, nunca los tuviste; no solo te llevaste el tendón, también te llevaste los nervios; para operarte mañana tiene que ser con anestesia local, se hace si crees que puedas soportarlo; esta no es una cirugía para hacer en urgencias, es una cirugía para hacer en un salón de operaciones”.

Por supuesto, dije que sí a todo, ya había agotado la opción de levantarme e irme, ahora tenía al mejor equipo quirúrgico al que podría aspirar cualquier persona y debía ser consecuente con eso, y conformarme con la anestesia que podría tener. Entonces, al día siguiente del día siguiente, me operaron durante alrededor de 4 horas –tal vez un poco más. El tendón no aparecía, hubo que separar uno por uno para encontrar el indicado, y yo tuve dolor intenso la mitad de esas cuatro horas, porque ya me habían puesto demasiada anestesia local: “ya estás al límite, si no puedes aguantar paramos y se deja la reparación del nervio para otro día”. Claro, yo dije que aguantaba. Lo primero que sacaron del dedo fue un pedazo de vidrio del vaso, que había pasado, sin penas ni glorias, inadvertido para las revisiones previas. Luego de esto, tres semanas de inmovilización y más de un mes de fisioterapia.

El dedo, hace dos o tres semanas, cuando ya el contexto le había robado el protagonismo y yo no alcanzaba a pensar en él, se movió. Esta era la cirugía de un momentico, en una mesa desinfectada con gel de manos y sin luz, que -gracias a personas que me quieren- no me llegué a hacer.

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