“¿Y quién va a cuidar a tu abuela?”

Ilustración: Yissel Alvarez

Siempre le han dicho que ella es fuerte, muy fuerte. “Pero una también se cansa, mija”. Y sí: se le nota cuando camina, el cuerpo pesado; o en la expresión de la cara, esa sombra de agobio tras la sonrisa. Hay días que parece a punto de quebrarse – “Chica, yo estoy que no puedo más” –, aunque ni siquiera puede darse ese lujo.

Amparo dejó su empleo estatal a mediados de los noventa, poco antes de que naciera su segundo hijo. Hace casi 10 años se dedica a vender dulces que ella misma prepara. Su buena mano para la cocina y las necesidades de un barrio permanentemente ávido de opciones comestibles le han garantizado ingresos más o menos regulares.

“Oye, te quedó riquísimo”, le elogia una vecina cuando recoge su encargo, y ella responde, orgullosa: “ay, muchas gracias”, con cara de quien está pensando “sí, sí, ya lo sabía”.

Sin embargo, esos ratos alegres apenas compensan otros vacíos. Amparo nunca ha tenido licencia para trabajar por cuenta propia, y vive temiendo que “cualquier envidioso” la delate, “por maldad, por joder”. Porque el suyo es esfuerzo honrado, a pesar de que no pague impuestos y le falten papeles.

La organización Mujeres en Empleo Informal: Globalizando y Organizando (WIEGO, por sus siglas en inglés), refiere que este sector tiende ser estigmatizado al llamarle ilegal, subterráneo, o mercado negro. No obstante –señalan–, la inmensa mayoría de lxs trabajadorxs informales están intentando ganarse la vida de forma honesta frente a grandes adversidades, y realizan enormes contribuciones a las comunidades y las economías.

Como mismo sucede en otros países de la región, donde las mujeres devienen cuidadoras por excelencia, Amparo es el principal sostén de su casa: ella consigue el dinero, sale a encontrar comida, cocina, friega los platos… Recolecta, caza, pesca.

De vez en cuando su esposo “la ayuda” con las tareas. Resultados de la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género (2016) indican que las mujeres dedican alrededor de 14 horas semanales más que los hombres al trabajo no remunerado.

Y en esas llegó la covid-19. Al principio, no quiso asumir ningún pedido para evitar riesgos. Los ahorros que había guardado al fondo de la gaveta o en algún bolsillo intrincado le permitieron aguantar los primeros meses. Por supuesto que no recibió porciento salarial ni apoyo alguno: las trabajadoras informales se definen –de hecho– por la desprotección.

Además, aumentaron sus quehaceres con el continuo lavar y planchar nasobucos, desinfectar todo lo que entrara por la puerta… El miedo al contagio se expresa en una furia de higiene, en la capa blanca que le dejan en las manos tanto jabón y cloro. Para qué mencionar las colas y recorridos en busca de alimentos y artículos de primera necesidad.

Cuando quiso retomar la elaboración de dulces, no hubo manera: los huevos, el chocolate, harina, mantequilla, leche… prácticamente todos los ingredientes que necesitaba para su pequeño negocio se habían vuelto aún más difíciles de encontrar y más caros, casi productos de lujo. Solo cuando los clientes le llevaban los insumos para sus propios encargos podía trabajar. Y les cobraba menos, claro.

Justo antes de que empezara la pandemia, la investigadora Daliany Kersh alertaba que, así como las mujeres fueron las más afectadas por las privaciones del Período Especial, estaba ocurriendo una feminización de los efectos de la crisis económica en Cuba. La Covid-19 y luego el aumento de los precios (provocado por el llamado proceso de ordenamiento económico que incluyó la unificación monetaria en la isla desde inicios de 2021) solo hicieron empeorar esta tendencia.

A comienzos de enero pasado, cuando las nuevas regulaciones monetarias entraban en vigor, Amparo se preguntaba qué hacer. Se suponía que el crecimiento de los salarios acompañara el alza del costo de la vida; sin embargo, ella no tiene salario fijo.

Entonces subió el precio de sus dulces. Le preocupaba que con esto los clientes compraran menos, pero no le quedaba otro remedio. Como los demás, también trataba de mantenerse a flote en la marea alta –y creciente –de la inflación.

En cierto momento pensó volver a un puesto en el sector estatal, a la seguridad que representa un sueldo iniciando cada mes. Incluso su hijo mayor le recomendó que lo valorara. “Pero, ¿y quién va a cuidar a tu abuela?”, replicó ella.

Las economistas Dayma Echevarría y Teresa Lara explican[1] que los roles que desempeñan gran parte de las mujeres en función de la reproducción doméstica y las actividades de cuidado, las ubican en condiciones desfavorables, tanto para incorporarse al trabajo remunerado, como para luego de estar ahí, mantener altos niveles de asistencia y puntualidad, lo cual tiene como consecuencia directa el mantenimiento de una brecha salarial por sexo.

“Con la emergencia de la Covid-19, estas demandas de tiempo que las mujeres y las niñas dedican a trabajo de cuidados se están multiplicando, además de que están profundizando esta división desigual del trabajo y generando un impacto negativo en la salud física y mental de las mujeres”, indica el Análisis Rápido de Género para la Emergencia de Covid-19 en América Latina y el Caribe.

El documento, publicado por ONU Mujeres y la agencia humanitaria internacional CARE, precisa que una vez que los gobiernos comiencen a suspender los confinamientos por motivos de salud pública y otras medidas, será esencial que los encargados de formular políticas se aseguren de incluir una perspectiva de género en el proceso de respuesta y recuperación.

Dentro de un par de años Amparo cumplirá 60, edad oficial de retiro para las mujeres en Cuba. A pesar de haber trabajado durante toda su vida, no cuenta con el tiempo laboral acumulado que le posibilite acceder a una jubilación.

Mientras todavía está por ver hasta dónde llegan los impactos de la pandemia, combinados con significativos ajustes económicos en el país, surgen más dudas que certezas. ¿Cuántas como Amparo habrá por ahí? ¿En qué condiciones, más o menos vulnerables? ¿Cuáles son las políticas públicas para lidiar con tales situaciones?

[1] Las mujeres: reservas potenciales e invisibles de productividad, Dayma Echevarría León y, Teresa Lara Junco. En: Economía cubana, ensayos para una reestructuración necesaria. Centro de Estudios de la Economía Cubana, 2013.

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