Huertos en La Habana: necesidad convertida en virtud

Uno de los 16 huertos de hortalizas que cultivan los miembros del Proyecto Akokan. Foto: Proyecto Akokán

*Este artículo se publicó originalmente en inglés, como parte de la Mentoría Global para Jóvenes Profesionales de los Medios, de Climate Tracker.

 

Prácticamente cada pulgada de tierra ha sido ocupada: árboles de guanábana, plátano, guayaba, aguacate… Mayté Pernús, bióloga cubana de 31 años, y su familia, consumen frutas frescas y vegetales, incluso café, cultivado por ellos mismos en su propio patio.

Cuando la pandemia empezó a empeorar, también plantaron tomates, pimiento, habichuelas, especias y hierbas medicinales. “Pensamos: ‘esto se va a poner feo, así que mejor hacemos algo’”, recuerda Mayté. En parte, sí, les gusta sembrar, pero la principal razón es que en estos momentos esa es la única forma en que pueden conseguir algunos de esos productos.

La notable dificultad para acceder a los alimentos es una de las consecuencias más visibles de la crisis económica causada por el coronavirus en Cuba. A menudo, los ciudadanos comunes ven aumentos de precios, estantes vacíos, y docenas de personas haciendo colas para comprar productos racionados.

“Durante todos estos meses tuvimos jugo en el desayuno, dice Mayté. Ha sido una salvación; apenas habíamos podido encontrar frutas en el agro”.

 

Nueva cara, viejo conflicto

La escasez es un problema antiguo en la isla, la cual importa dos tercios de la comida que necesita. Además, cantidades variables de las cosechas se pierden cada año, debido a desconexiones en las cadenas de distribución.

En medio de la pandemia, muchas personas están cultivando huertos para autoabastecerse con provisiones frescas. Incluso, algunos aprovechan cualquier espacio disponible, como solares yermos o canteros. El presidente Miguel Díaz-Canel y el ministro de Economía, Alejandro Gil, han alentado a las personas al respecto, subrayando que los cubanos comerán lo que sean capaces de producir.

“Mi mamá siempre ha tenido muchas plantas, pero en el contexto del coronavirus yo he estado más involucrada con eso y hemos buscado opciones comestibles”, comenta Paola Hornedo. Las flores en su jardín ahora comparten espacio con una mata de limón, cebollinos, jengibre y cúrcuma. Después de que publicara en Facebook fotos de sus cultivos, un amigo le ofreció semillas de espinacas, y alguien más una postura de maracuyá.

 

 

Comida cero kilómetros

Los cubanos dejaron el campo hace tiempo. Según el censo de 2014, la población urbana en el país alcanza un 76,8 %. Por lo tanto, resulta crucial traer los productos agrícolas más cerca a los lugares donde en realidad se consumen. La transportación por largas distancias significa precios más altos para los clientes y mayor uso de combustible.

De hecho, este demostró ser un asunto crítico a mediados del año pasado, cuando camiones cargados de vegetales no pudieron entrar a La Habana a causa de las restricciones de movilidad asociadas a la Covid-19.

La agricultura urbana y familiar está estrechamente ligada a la agroecología, porque surgen en contexto de carencias, señala Yarbredy Vázquez, economista y vicedirector del Centro de Desarrollo Local y Comunitario (CEDEL).

De hecho, en los 90’s, durante el llamado “Período Especial” – la crisis económica subsecuente al colapso de la Unión Soviética –, también hubo un alza de este movimiento. Pero una vez que las condiciones mejoraron, los “organopónicos” (viveros citadinos) decayeron otra vez.

“Existen muchas experiencias agroecológicas en el Caribe y Centroamérica de las cuales podemos aprender, pero necesitamos crear los incentivos”, resalta Vázquez.

Héctor Díaz, esposo de Mayté y biólogo también, comenta que en repetidas ocasiones las semillas son difíciles de encontrar, así como variedades de árboles apropiadas para patios y superficies pequeñas. “La capacitación sobre estos temas siempre es necesaria – añade Paola –, y también herramientas, buenos suelos, sustancias para combatir las plagas…”.

A finales de septiembre, pasado se anunció que un grupo multidisciplinario que incluía representantes de la FAO en Cuba, el Ministerio de Agricultura, y otras organizaciones gubernamentales, comenzaría a elaborar las bases del marco legal sobre soberanía alimentaria y educación nutricional en el país.

Amén de lo complicado de las circunstancias, esta es una gran oportunidad para asumir la agricultura urbana como una fuente ecológica y sostenible de alimentos, más que solo una necesidad.

 

Experiencias exitosas

“Esto no es nada más para nosotros – dice Mayté –, también compartimos con vecinos y parientes que viven en otros lugares, a la vez que recibimos productos de ellos. Aquí nada se vende”. Con frecuencia, los huertos urbanos tienen valor añadido: fortalecen los lazos comunitarios y estimulan la economía solidaria.

Una de las iniciativas más sobresalientes en la ciudad es el Proyecto Akokán, ubicado en el municipio de Marianao. Mediante su Red de Patios Solidarios, mejoran la producción local de alimentos saludables en 28 patios, y esperan llegar a más de 60.

Las cosechas satisfacen las necesidades de las familias que cultivan, y los excedentes se intercambian entre ellos, explica Michel Sánchez, coordinador de Akokán. Además, comparten semillas y plántulas para sembrar. Niños y emprendedores participan de igual forma en el trabajo.

Asimismo, el Grupo de Jóvenes Agroecólogos cuenta con una página de Facebook muy activa, desarrollan actividades académicas y difunden conocimiento e información, lo cual tiene una importancia primordial para el movimiento. En opinión de Yarbredy Vázquez, la agricultura es una cultura.

 

Más allá de Cuba

Los huertos no son exclusivos de la isla: se están expandiendo en Panamá y Ciudad de México, pero también en París y Nueva York. Los debates y acciones respecto a la autosuficiencia alimentaria están de vuelta gracias a la Covid-19.

A pesar de lo mucho que los canteros urbanos puedan proveer, algunos rubros, como la soya o el trigo, seguirán dependiendo de las importaciones. Sin embargo, hay un considerable potencial por explotarse en todas las ciudades a lo largo del país, y más aun teniendo en cuenta las restricciones del bloqueo de Estados Unidos.

Para fertilizar el suelo Mayté y su familia preparan compost usando desechos orgánicos y hojas caídas del patio. “Quizás antes de la pandemia alguna guayaba se echaba a perder – agrega – y no nos dábamos cuenta. Pero ahora, dada la situación, aprovechamos todo”. Como en la naturaleza, aquí todo tiene utilidad.

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