Hayat Bahar: “Siempre nos han dicho que nacemos libres, pero desde que nos ponen un nombre nos están amarrando”

Ilustración: Eric Piedra

La palabra que nombra su existencia significa vida. El apellido por el que es conocida, Bahar, es el vocablo árabe para el mar; así llamaba su abuelo libanés a la niña que creció entre Beirut y Santiago de Cuba, entre musulmanes y cristianos, entre el Corán y la Biblia, un año Ramadán y al otro iglesias los domingos, “aquí tienes que hacer esto y allá no digas que lo hiciste”.

Cuando Hayat habla de su infancia rezuma alegría e incomodidad como si no se tratara de una contradicción, como si en ese pasado vivo la hubieran conminado a montar un tiovivo que a ratos giraba a la derecha y a ratos a la izquierda. “Te das cuenta de cómo se han vulnerado tus derechos de manera tácita y silenciosa –confiesa–. Te tienen discriminada desde que naces hasta que te mueres.”

De un lado encontró las convenciones culturales tradicionales de musulmanes libaneses y de otro la de cristianos férreos que sueltan a bocajarro “si no hubiera estudiado tanto no estuviera así, los libros le afectaron la cabeza”.

Aquella niña a la que nadie preguntó qué prefería creer o cómo, hoy erige sus días sobre varios ejes: el derecho, el activismo por la causa palestina, la fe y el feminismo. Al primero llegó luego de una licenciatura en Economía, al segundo por el contacto con palestinos refugiados que llegaron a Cuba en los 70 y al último a través de los libros. Aquella niña hoy tiene 31 años.

En la última etapa de su carrera, Hayat fue profesora auxiliar de Derecho Penal en la Universidad de Guantánamo. “Por supuesto que dediqué tiempo a la violencia de género dado que el Código Penal cubano solo contempla los delitos de lesiones y si eso no se da, la mujer queda indefensa ante la ley.”

Si de algo se siente Hayat satisfecha es de las mujeres a las que ha podido llegar, pese a que su activismo también ha alcanzado a hombres capaces de una vomitona de ofensas y amenazas de muerte. Pero Hayat se ríe, “yo no les hago caso, aquí voy a seguir” dice en tono sardónico. No es fortuita la respuesta. Ella encuentra razón suficiente para continuar en esas muchachas –sobre todo norteafricanas– que vinieron a esta isla a convertirse en profesionales y que por moral, religión o miedo no se aventuraban a exponer la sordidez de lo que ha significado ser mujer en sus países. Vida (en árabe) pudo imbuirlas de una conciencia feminista que sabe de sobra las cambió para siempre.

Cuando una mujer árabe o de religión islámica toca este tema lo primero que gana es el rechazo de la familia y de la sociedad. No es igual la experiencia de la mujer culta y estudiada que decide ser musulmana aquí y practicar la religión lo mejor que puede, a la que estas muchachas han vivido en sus países.”

Algunas de estas estudiantes lograron no regresar a sus casas y emigrar a España. Allí han reforzado el activismo por los derechos de las mujeres desde la integración a distintos movimientos feministas laicos como Neswía y Amrat Tawara, dedicados a saldar cuentas con la herida abierta permanentemente que provoca el patriarcado en su versión pseudoreligiosa de Medio Oriente o África cuando intenta justificar la violencia con tergiversaciones de textos considerados sagrados.

Pero algunas no. “Algunas no han tenido la dicha de ir a Europa. Se han visto obligadas a volver a sus países, a casarse y a tener una vida de asco. No tienen nada que ver con las mujeres que han escogido una religión por voluntad propia. Tú vas a muchos de estos países árabes… con sus leyes te convierten en una propiedad más. Son adultas sin derechos”.

De un lado y de otro de las tierras familiares a Hayat, la tildan de atea como un arma que dispara directo al pecho y destruye lo que hay de vida entre esternón y pulmones. Entienden que la sublevación es también frente a la religión. “La frase es ‘Dios te va a castigar, la mujer que hace eso no tiene entrada en el paraíso’. La ignorancia no les permite cuestionarme otra cosa que no sea la fe. Mi fe es grande porque de lo contrario fuera atea realmente”.

Hayat ha preferido ser lo más independiente posible de ambas familias. Se considera una feminista sin etiquetas. “Cuando conoces a tantas mujeres y tantas causas nobles te das cuenta de que todas tienen sus razones”. Lucha por sus derechos como ser humano. No se atreve a decir que es la religión quien oprime a las mujeres “cuando hay Estados laicos que las oprimen igual”. Defender los derechos de las mujeres como seres humanos es también defender la libertad religiosa. “Nadie tiene que cuestionar la fe de una persona. Siempre nos han dicho que nacemos libres, pero desde que nos ponen un nombre nos están amarrando”.

Hayat Bahar ha nacido de una dualidad singular, la de los estereotipos y los prejuicios en dos espacios distantes y cercanos como las caras de una moneda o los dos lados de una barra de cristal. En ambos encuentra los porqués para seguir a resuello el activismo feminista; lo mismo crímenes de honor o mujeres que le piden ayuda con situaciones de violencia continuada.

Dichas y desdichas se cosechan en el constante bregar por los derechos de las mujeres. No porque lo diga nadie sino por la historia, que ahí está para demostrarlo, lamentablemente –por las desdichas. Nur Hasan es el caso de una de esas tragedias estampadas en la memoria de Hayat. Nur, que significa luz, era una marroquí de Tánger que estudió Periodismo en la Universidad de Oriente. Fue de las que tuvo que regresar a su país. “Allí la obligaron a casarse. El hombre la obligaba a tener sexo con él. Cuando intentó huir la familia la obligó a quedarse”. Hayat perdió comunicación con ella. Después de mucho preguntar tuvo las últimas noticias. Nur se había suicidado.

“Una lo cuenta así –dice– pero cuando lo vives…”. Y queda en silencio, el silencio largo de quien tiene dentro el peso del dolor. Esa es otra de sus razones para nunca descontinuar su activismo feminista.

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