Los otros mil soles espléndidos

No tenemos idea de que existe el mundo. Creemos que sí, pero en nuestra cabeza solo hay concepciones, no sabemos nada.

Esta idea me ronda desde que terminé de leer Mil soles espléndidos, una novela del afgano Khaled Hosseini, que cuenta la vida de dos mujeres distintas cuyas existencias confluyen en un Kabul bajo asedio.

Mariam es una harami, una bastarda que vive con su madre, y cuyo padre es un poderoso empresario que la visita, pero no la acepta del todo. Es una niña enamorada del misterio del progenitor, que le trae regalos y viene a visitarla, y que tiene un carácter al parecer más amable que el de su atribulada madre.

No hay manera de que Mariam quiera quedarse en su rincón, quiere estar con su padre, pero en un intento de fuga este no la recibe y la joven empieza a entender que su madre no es tan mala. Solo que el momento no es el adecuado y una serie de acontecimientos le impedirán volver a su vida tranquila y la lanzarán a los brazos de un zapatero en la capital, Kabul.

También allí vive Laila, más joven, más bonita. Una chica de ciudad enamorada de su mejor amigo, cuyo padre es universitario y cuya madre sufre por la ausencia de los hijos mayores que partieron a la guerra.

Laila tiene más oportunidades en la vida, por más que le parezca difícil estar en su casa. Es inteligente, le permiten ir a la escuela, es un buen momento para ser mujer en Afganistán, y sus amigas le cuentan que, algún día, la verán en las portadas de los diarios. Pero de nuevo la vida decide por ella, y termina en la calle, donde es recogida por el marido de Mariam.

La vida de las dos mujeres, entonces, termina siendo compartida y es ahí donde se desarrolla la novela en todo su esplendor, donde por fin nos enteramos que hay conflictos que afectan a algunos y conflictos universales y, a la larga, pueden ser los mismos.

La guerra, la violencia, el hambre, el olvido, se mezclan en una espiral de apoyo femenino, de hermandad, de familiaridad y cariño. No somos tan distintos, nos descubrimos pensando en un lugar tan distante como Afganistán, con personas que, por tener diferencias, hasta visten de otra forma. No somos diferentes, este pensamiento es más abrumador que el hecho en sí de que podemos sentirnos lejos de esa realidad, de que podemos creer que nunca nos tocarán la barbarie y el dolor.

Las redes que se tejen en años de historias, los pequeños conflictos domésticos, se unen con la historia reciente de un pueblo que se debe redescubrir a sí mismo, para mostrarnos su realidad y darle voz a personas que no sabemos que existen, pero allí están, ignorando, quizás, que nosotros existimos, pero sintiendo justo lo mismo que hemos sentido ante la pérdida.

Una enseñanza parece trascender de este libro sobre la cultura machista, una queja que podría parecer injusta, pero que, en voz de un hombre (el autor), es más bien una redención. “Aprende esto ahora y apréndelo bien, hija mía: como la aguja de una brújula apunta siempre al norte, así el dedo acusador de un hombre encuentra siempre a una mujer. Siempre. Recuérdalo, Mariam”, le dice la madre y esta idea reaparece durante toda la narración para mostrarnos su cruel realidad, al menos para algunos casos es muy cierta.

Hosseini usa metáforas todo el tiempo, recurrentes en ocasiones, aisladas en otras. Las vemos en el título del libro y a lo largo de sus páginas. Nos sorprende en medio de la nada la capital de Cuba o la historia del pescador pobre que nos regaló Hemingway, con su tenacidad para traer del mar una presa ya sin carnes. Más predecibles son los poemas afganos, las leyendas antiguas del país, sus ritos y rezos. Todos estos precedentes, sin embargo, pueden convivir en la narración, de manera auténtica y no forzada, con claridad y simpleza, sin segundas intenciones ni grandilocuencias.

No hay manera correcta de recomendar este libro desgarrador y hermoso, no hay palabras que se digan que logren explicar lo que allí se cuenta. Solo puedo señalarlo a mis conocidos, a mis amigos,  a mis parientes. Lean. Leamos. Nada somos si creemos que somos todo.

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