Middlesex: la Gran Novela Americana es mujer y es hombre

Ser y no ser, el destino de los emigrantes, el deseo de triunfar en un nuevo mundo, la adaptación de los hijos a una sociedad que los acepta a medias, el infinito fluir de los acontecimientos que nos hace, a veces, parte de la historia colectiva y, en medio de todo esto, la lucha del cuerpo contra la sociedad, del deseo contra el deber, de lo femenino enfrentado a lo masculino en un solo ser.

Middlesex es un libro que reúne estos y más elementos, que sorprende desde sus inicios y que cautiva por su magia única de hacernos sentir partes de una historia con la que me atrevería a afirmar que poco tenemos en común la mayoría de los lectores. Rompe estereotipos sin buscarlo, alerta y educa sobre temas latentes de la sociedad, y, encima, es entretenido.

Nuestro protagonista, Cal Stephanides, fue criado como mujer, fue una niña hasta bien entrada la adolescencia, y se convirtió en hombre no por algún impulso interior, sino porque siempre lo había sido y sus hormonas lo impulsaron hacia el camino final que en su nacimiento le fue negado. No es que sorprenda este hecho: desde el primer momento se nos devela esta parte de la historia: un niño que al nacer es confundido con niña por un doctor viejo y confiado, una deformación genética poco común que hace confusos los genitales, y una formación en el medio de una familia de inmigrantes griegos que se comportan como sus instintos y conocimientos los impulsan en ese medio confuso de las primeras generaciones de nacidos lejos de la aldea primitiva de los abuelos.

Nací dos veces: Fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960; y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974.

La lectura no tendría más motivaciones que la curiosa anécdota de un intersexual que no descubre su verdadero género hasta que tiene edad suficiente para caer en cuenta que no solo nunca fue una mujer, sino que su atracción por otras chicas desde la niñez tiene, incluso, repercusiones físicas. Pero el libro se convierte en algo más que la historia de la pequeña Calliope en su camino a Cal, porque el autor nos deja descubrir una reseña de acontecimientos ocultos en la familia por décadas, y con ella, pinceladas que van desde la historia reciente de los Estados Unidos hasta las razones médicas y éticas del uso de un término más apropiado para los que antes llamaban “hermafroditas”.

Abuelos que son hermanos y son primos y padres que son primos con grados de consanguineidad que tampoco sospechan, dan paso a un hijo que es hija durante su infancia y que parece destinado/a  a contar la leyenda de niñas que se vuelven hombres en algún momento para cumplir funciones sociales necesarias, como si la masculinidad, vista a través del prisma de la historia, fuera la única superación posible a la carga de ser mujer.

Se cuentan sucesivamente romances imposibles, viajes desde el otro lado del mundo, enamoramientos de amigas, conflictos confusos como la falta de la menstruación, historias de doctores que imaginan el triunfo profesional al escribir tesis sobre la presión social que vuelve mujeres a los hombres y, en medio de todo esto, la Gran Novela Americana, por la que pasa todo un país y también una simple calle, un barrio, una ciudad –Detroit-.

Fui ridiculizado por mis compañeros de clase, convertido en conejillo de Indias por los médicos, palpado por especialistas y calibrado por Don Dinero.

Una pelirroja de Grosse Pointe se enamoró de mí, sin saber lo que era. (También le gusté a su hermano.).

Un carro blindado me condujo a una batalla urbana; una piscina me convirtió en mito; abandoné mi cuerpo para tomar posesión de otros: y todo eso ocurrió antes de que tuviera dieciséis años.

La América del Norte camino a su industrialización, y receptora de emigrantes, abre paso al monstruo enorme y creativo que forja aquella nación, que se muerde la cola durante años, que crea empleos y los destruye, que forma valores y los pisotea. Los hijos haciendo suya la tierra que los padres les dieron pero nunca poseyeron, la adaptación, la transculturación, la utopía y la realidad, y el triunfo final del sueño americano, dañado en el fondo por un pasado doloroso y racista, de huelgas y de abusos, de ayuda y de cambios. Todo esto bebemos del libro, sin saberlo, pero asimilándolo.

De esta novela se dice, y coincido, que el autor usa recursos homéricos para contarla: lo determina su estirpe griega, coincidente con la de la familia protagonista del libro, y también su deseo de narrar a dos tiempos un todo abarcador y desgarrante, donde confluyen más temas que el que aparentemente se pone al descubierto.

No por casualidad Middlesex fue reconocida en 2005 con el Premio Pulitzer de ficción. Sus páginas no decepcionan, es una historia como nunca antes la has leído, y como tantas veces la han vivido tú y miles, millones de seres. Es plasmar en letras lo que sucede con esos genes que viajan contigo a través de tu sangre, que traes de tus padres europeos, de tus abuelos africanos, de tiempos inmemoriales. Qué simple. Qué complicado.

 

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