Negra sin peros

Ilustra
Ilustración Eric Piedra

“Pelo malo”, así describe una sociedad racista el cabello afro que a Liz Oliva Fernández le enseñaron a detestar desde pequeña. Contra la “perversidad” y la desobediencia de sus fibras capilares lucharon primero su abuela y su madre, porque la niña tenía que ir con las “pasas estiradas” (bien peinada) a la escuela. “Recuerdo las horas que mi abuela pasaba peinándome en las mañanas, para mí aquello era una tortura”.

Tal como suelen ser las herencias culturales, luego se fajó ella. Si veía que asomaba un milímetro de sus raíces corría a estirárselas, porque “primero muerta” antes de dejar salir su negritud. Ese es el resultado de los cánones de belleza que enseña el patriarcado colonizador occidental blanco: un pelo lacio puede volverse más importante que estar vivos, porque puede terminar definiendo tu lugar dentro de la sociedad. Blanqueamiento le dicen.

Cuba no es como otras partes del mundo donde una gota de sangre negra define la descendencia; aquí la negritud es básicamente cuestión de melanina y de tipo de cabello. “Cuando yo entendí que había sido víctima de racismo durante toda mi vida fue un golpe muy fuerte. La opresión iba desde la forma en que se referían a mi pelo hasta la manera de educarme para que fuera “una negrita de salir”. Negra pero educada. Negra pero fina. Negra pero bonita. Te hacen sentir especial. Es una de esas tantas formas de discriminación enmascarada en supuesta aceptación. Una vez que tomas consciencia de eso, la burbuja se rompe. Me vi obligada a salir de mi zona de confort. Porque yo de especial no tengo absolutamente nada y hay un montón de gente negra, con un montón de talento, que ha crecido escuchando que no puede, que no era para ellos, que aspiren a otra cosa porque eso para la gente negra no funciona, y le agregan a las otras barreras ya existentes, una de tipo mental. Me ha tomado muchos años deconstruirme, todavía lo hago”.

Ahora, en varios puntos geográficos del mundo, a una niña negra o mestiza le inculcan la imperiosa necesidad de “adelantar su raza”, mientras menos melanina tengan sus hijxs, mejor. Y todavía se preguntan por qué los niñxs negrxs no quieren ser negrxs. Interrogante que también se hizo Liz, cuando se recordó frente al espejo con una toalla en la cabeza soñando que era como Ruth y Raquel.

Desde pequeña fue la pionera destacada, la que usó correctamente el uniforme, la que fue distinguida con el beso de la Patria, la niña de los 100 puntos, la que aprobó las pruebas de ingreso de la escuela vocacional Lenin, la que superó los temidos exámenes de aptitud de la carrera de Periodismo, y en 2016, con 22 años, se graduó en la Universidad de La Habana. Durante todos sus exitosos años académicos a Liz le hicieron creer que ella era excepcional, porque tenía todos esos méritos siendo una niña, adolescente y luego mujer negra. A Liz le recordaban todos los días que ella NO ERA UNA NEGRITA DEL MONTÓN.

Quienes logran salirse del espacio en donde la sociedad los coloca se vuelven entonces la “excepción de la regla”, por eso, el activismo que pretende Liz está en demostrar que la cantidad de melanina en la piel no define dónde estarás, qué eres, ni qué puedes llegar a ser. “En pleno siglo XXI mucho de la colonización sobre las personas marginadas, es mental. Es como un juego que te enseñan de niña: No puedes, no encajas, no te toca. Y si creces y rompes con los roles que la sociedad machista y racista tiene diseñados para ti, te hacen creer que eres especial. Esa es la mentira más grande y común que escuchamos a diario, y si llegas a creerla puedes terminar reproduciendo los mismos patrones que te oprimen. Porque necesitan que creamos que somos una masa uniforme, pero sobre todo que permanezcamos ahí, donde toda la vida nos han dicho que es nuestro lugar y es más conveniente para mantener el status quo. Despertar, entender que somos sobrevivientes, que le otrx no es nuestro enemigo y que nuestra fuerza es poderosa, es el primer paso para subvertir el orden hegemónico. La colonización mental lleva a que haya personas afrodescendientes que no vean ni la opresión ni el racismo, y de cierta forma contribuyan a su reproducción “.

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 “Mi activismo comenzó sin darme cuenta, una no se levanta una mañana y planea ser activista. Yo creo que eso estaba en mí desde siempre, cuando le pedía a mi abuela que me pusiera dos panes en la merienda porque había otra persona en el aula que no tenía nada que comer en el receso o cuando en la secundaria hubo una muchacha a la que no podían celebrarle los quince y yo rompí mi alcancía y recolecté otro poco de dinero, le hicimos una fiesta y con una camarita digital, que en ese momento era de pilas, le hice las fotos. Nunca más la he vuelto a ver, no sé qué ha sido de su vida, pero al menos sé que ese instante fue feliz, y yo también fui feliz con ella”.

Y yo le creo las historias, porque ya tenemos tres años de coincidir en espacios, tiempo, profesión y amistad, y ha sido un período en la que la he visto desgañitarse en una reunión por una decisión arbitraria o injusta, donde ha corrido para resolver un medicamento de la hija de alguien más e, incluso, contrario a todos los consejos, le ofreció su casa a una muchacha, con la que no tenía ningún tipo de relación, que era de otra provincia y se había quedado sin alquiler. Antes de reconocerse feminista, sin importar los prejuicios que implica las definiciones y sin pretender ser la madre Teresa de Calculta, Liz entendía de sororidad. Nada de beatificación. “Con el orgullo hasta el cielo y el perreo hasta el suelo”, sabe enojarse sin contar hasta diez y mandar a volar por los aires a quien le toque las cosquillas.

El primer momento consciente donde se sintió activista fue en enero de 2019, cuando por La Habana pasó un tornado que arrasó los municipios de Diez de Octubre, Regla y Guanabacoa. Comenzó a activar grupos de WhatsApp para movilizar donaciones, su apartamento en la Virgen del Camino se convirtió en refugio de cientos de sacos con víveres, recorrió los barrios devastados para repartir lo que fuera: culeros desechables, ropa, zapatos, juguetes, comida y, a veces, solo compañía y motivación. Pero, su mejor impulso fue encontrarse con otras personas con la misma voluntad de ayudar, dispuestas a emplear su tiempo por seres humanos desconocidos, pero con el común denominador del desamparo.

Un despertar que sucedió con el estudio diario, que la hizo observar distinto lo que antes pasaba sin penas ni glorias. Pequeñas frases o acciones, el chiste con el que reía hace tres años ahora parece de muy mal gusto, personas que empezó a preguntarse qué hacían en su vida. Mientras uno vive en la ignorancia no se puede saber qué es el patriarcado, el machismo o el racismo y, supuestamente, se vive mejor y feliz adormecido. “El activismo es una cosa muy difícil, no solo cambia cómo una se proyecta a nivel personal, también comienzas a separarte de esas personas que estuvieron alrededor tuyo desde siempre, pues simplemente su perspectiva no ha llegado a donde una está y, aunque por respeto y el bien de la relación se mantiene el contacto, es inevitable el distanciamiento. Te cansas de tratar de explicar lo que no están dispuestos o listos para entender, de pronto te vuelves la radical, la acomplejada, la feminazi. Ser activista requiere muchas energías e implica un desgaste emocional. Una suele sentirse muy sola”.

Ser activista 24/7 la ha distanciado de seres queridos. Liz prefiere dar su criterio, que para otros puede significar pelear, antes de mantenerse “calladita”. Se descubre, machete en mano, llamando racistas, homofóbicos, machistas, misóginos y retrógrados a personas que aprecia. Le duele en el alma porque no se le acaba el amor, se le nota, y por instantes imagina que se quedará sola. Pero no es así. Dentro del activismo ha encontrado personas maravillosas, que entienden su lucha y la comparten.

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Managua es uno de los poblados más antiguos de Arroyo Naranjo, ubicado a unos 30 kilómetros del punto cero donde inicia la Carretera Central, que comienza en el Capitolio de La Habana Vieja. No he visitado el sitio y solo puedo hablar de su lejanía. De pensar en hacer la travesía en transporte público, se me quitan las ganas, bien puede contar Liz de lo que hablo. Ese pueblito en las fronteras de la capital fue su primera isla, donde antes de aprender a nadar se ahogó varias veces.

Una sociedad se basa en un conjunto de personas que se relacionan entre sí, de acuerdo a unas determinadas reglas de organización, y comparten una misma cultura en un espacio concentrado. Este lugar de crianzas nos moldea, por lo que crecer en un pueblo tiene la virtuosa manera de volverte cercano, solidario, empático y hace comprensible la definición de comunidad. Sin embargo, a veces salir de ese espacio donde despertaste cada mañana por 20 años es lo que termina de formarte.

Por eso Liz no solo habla de sus desventajas sino que entiende que ostenta privilegios, pocos pero claves, de otra manera no pudiera reconocerse.  “La posibilidad de pensar diferente, disentir, está basada en posiciones de poder. Hay quienes no tienen una situación económica o social que les permita detenerse a pensar en los actos de reproducción y reafirmación del racismo o la violencia en los barrios marginalizados. La gente está preocupada por hacer la cola del detergente y el pollo. Tener tiempo para leer y estudiar es un privilegio y entonces te sientes mal, porque dentro de mi grupo la mayoría no cuentan con las mismas ventajas, y me rompo la cabeza para averiguar cómo llegar a ellos”.

Para Liz, el activismo está en lograr pequeños cambios, pero significativos en la manera de pensar del otro. No quiere que su activismo se convierta en una tarea esnobista o para conversar en escenarios académicos; su reto es bajarse de las alturas y aterrizar en la puerta de su vecina, para que entienda que nuestros padres no tenían toda la verdad cuando nos educaron y que hay patrones de violencia invisibilizados, que nos colocan en desventaja. Aún no llega, pero no para de intentarlo.

En su no parar ha trabajado simultáneamente como periodista y presentadora en el Sistema Informativo de la Televisión Cubana, en Cubavisión Internacional, The Belly of the Beast y forma parte de la Cuarta Generación de la Red Latam de Jóvenes Periodistas, beca de un año de estudios que le permitió comprender que la lucha de su pedacito, verdaderamente, es la de un montón de chicxs por el continente.

Sus proyectos feministas y antirracistas iniciales estuvieron ligados a “Lo llevamos rizos”, pero cree que en el país existe mucha gente con una conciencia y un trabajo muy fuerte que no está organizada ni agrupada. El intercambio con jóvenes periodistas de América Latina le permitió conocer el proyecto global Chicas Poderosas, que se desarrolla en 17 países enfocado en promover el liderazgo femenino y la igualdad de género en los medios, como vía para que todas las voces sean escuchadas. A partir de ahí se decidió a impulsar la iniciativa en Cuba y hoy es una de sus embajadoras, una colectiva creada por y para el empoderamiento de las mujerxs desde la comunicación y en interacción con otras disciplinas y saberes.

“Si bien Chicas es sobre feminismo antirracista dirigido a espacios de comunicación, también lo previmos como una propuesta interseccional que nos permita convertirnos en aliadxs de otras luchas como, por ejemplo, las de la comunidad LQBTIQ. Pero sobre todo somos un grupo de mujeres, amigas que tratamos de estar la una para la otra, de cuidarnos, de celebrarnos. Esa es mi principal zona de confort. Rodeada de poderosas, progresistas, con un talento increíble y unos corazones enormes. Yo sería muy feliz si el capítulo cubano de Chicas logra tener vida propia, no quiero que sea un apéndice de mí, que exista y funcione aunque esté ausente. Para eso es súper importante que no gire en torno a una persona, sino a una idea”.

Chicas Poderosas Cuba declara ser una colectiva feminista y solidaria; que se pronunciará siempre por un diálogo abierto, emancipatorio, horizontal y un lenguaje justo e inclusivo. Hasta la fecha, la pandemia de la Covid-19 que tiene detenidas las interacciones físicas a nivel mundial, impide a la iniciativa salir de las plataformas online. No obstante, desde noviembre de 2020, el proyecto dio sus primeros pasos para fidelizar a su comunidad y realizó el primer taller poderoso por Internet con el objetivo de brindar herramientas para la investigación digital.

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En la historia de Liz el “pelo malo” salió victorioso y hoy lo modela con orgullo. No obstante, ella entiende que lo afro no define posiciones. “Yo puedo tener conciencia social y decidir llevar mi pelo lacio porque es lo que me gusta y porque es una opción, no debemos limitarnos, ya bastante tenemos con todo lo demás. También puedo llevar el pelo natural simplemente por moda, sin ninguna conciencia política al respecto y dejar de lado la reivindicación de la afrodescendencia. Hay quienes lo usan porque lo consideran más sexy y eso también forma parte del proceso de cosificación de las mujeres negras, de lo exótico, y es una manifestación del racismo”.

“No es que tú seas una mujer y además seas negra, no se pueden separar; la discriminación es interseccional, por tanto las maneras de enfrentarla también debe serlo. Vivo en una sociedad racista, machista, homofóbica y por demás ciega, que no ha aprendido a ser ni a pensar de otra manera. Para cambiar la realidad debemos reconocer la existencia del fenómeno y a partir de ahí trabajar para subvertir el orden. Me encantaría que mis hijas pudieran decir: Soy una mujer negra, sin peros”.

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