Diarenis Calderon: Afrofeminismo queer

Ilustración Eric Piedra

Diarenis Calderon Tartabull es una cienfueguera curadora de artes visuales, licenciada en Ciencias de las Religiones, educadora popular, gestora de ventas, productora de eventos, conferencista habitual en la universidad de artes liberales Hamsphiere Collegue. Pero en una sociedad clasista, machista, racista y homofóbica su currículo es intrascendente y lo sabe.

Desde hace un tiempo se percató de que en un escenario antirracista tiene que dejar atrás su condición de queer porque no es aceptada, y viceversa. De que las académicas de la Universidad de La Habana no reconocen a sus pares de la Educación Popular como iguales, y que muchos se sorprenden con el cúmulo de títulos y experiencias que atesora en su currículum vitae. Pareciera que para ser una mujer culta, inteligente y capaz, una debiera ser blanca, heterosexual y habanera como condición sine quo non y no, todo lo contrario.

En sus 46 años de vida y más de 20 de activismo, se ha encontrado a muy pocas personas dispuestas a abrirle las puertas a realidades diferentes a las suyas y ceder un poco en sus privilegios. Cansada de ser mirada como una bicha rara, de que su cuerpa y su voz fueran silenciadas, fundó su propia zona de confort, para que nadie tuviera que esconder sus identidades y todxs fueran bienvenidxs. Nosotrxs, un espacio de reflexión que celebra la diversidad y la belleza de las personas negras, surge en 2018 como la materizalización de un sueño que comparte con la poeta Afibola Sifunola Umoja y la artista visual Nancy Cepero Dominico. La idea es empoderar y abrazar a toda aquella persona que lo necesite.

Desde los 90, Diarenis intenta cambiar la realidad en la que sobreviven las mujeres negras y trans en Cuba. Se le ha visto empoderar a muchas, pero no lleva la cuenta. Trabaja en diferentes comunidades enfocándose en ellxs y en su descendencia. Nota que las niñas negras se dibujan blancas porque quieren encajar en la sociedad que las marginaliza. Y lo entiende. A ella también le sucedió. Un fenómeno que no es un nuevo. Lleva años buscando referentes sin resultados. Gente negra  exitosa, visible en los medios de comunicación. Por eso a Nosotrxs le gusta celebrar el día de reinas y reyes con lxs niñxs. El momento en que apre(he)nden que pueden ser lxs protagonistas de sus historias, no cambia la realidad en la que crecen, pero sí cómo se perciben.

Casi no habla de su trabajo como activista. A duras penas logro que me cuente de aquella vez que incentivó a un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales, a participar de un curso de formación en la Casa Natal de Antonia Eiriz, para que aprendieran la técnica del papier maché. Iniciativa que luego se convirtió en una fuente alternativa de ingresos de muchas de ellas.

Para Diare, el activismo debe ser sentipensado, interseccional, interdisciplinario y accionar desde la pertenencia y la responsabilidad para integrar todas las fuerzas. Lo principal para ella es la labor educativa y de formación para niñxs, guiadas al empoderamiento, la sostenibilidad emocional y la solidaridad. Debe dedicarse a reconocer focos de violencia y trabajar en su erradicación. Al mismo tiempo, debe educar contra todas las fobias y establecer alianzas, colaboraciones con proyectos comunitarios de la sociedad civil, el arte, la academia, las ciencias y toda área posible. Tiene como premisa que el activismo hay que renovarlo según el contexto y los tiempos.

Me dice que lo que hace no es para que salga en ningún lado, que qué es eso de estar auto-promocionándose. Le explico que es importante contar la historia de mujeres negras. Me remite a la costurera del barrio, a la ama de casa, a la trans, a la adolescente que dejó le escuela. “No puede faltar nadie”, me repite.

Crecer rodeada de mujeres marcó su vida. De niña, su tía le explicó la importancia de la unión y el respeto al diferente mientras preparaban tabletas de maní. Cincuenta por ciento del fruto seco y 50 de coco. Ni un poquito más ni un poquito menos. Es importante respetar al otrx. Mira tú, lo que parecía una receta de postres, se ha vuelto su filosofía.

***

Diarenis vive enamorada de las flores. Conoce sus nombres, sus diferentes tipos, formas, usos. Puede pasarse horas fotografiándolas. Se ha vuelto un hobby. Es su forma de llevarlas consigo. Nunca las arranca. “Las flores no se cortan”, le enseñó su abuela. Y en el caso de las plantas medicinales, “solo en las mañanas y siempre pidiéndoles permiso”. El amor por la naturaleza y sus conocimientos de botánica, los heredó de ella. No fue lo único que le transmitió la matriarca. También su fuerza, su sensibilidad, su honradez y su empatía.

Su abuela fue su mayor influencia, su modelo a seguir, su guía. Una mujer negra cienfueguera que vivió 89 años bajo sus términos, que les enseñó a sus seis hijas que ellas tenían un rol central de liderazgo en la familia y la autoridad suficiente para decidir cómo y cuándo se hacían las cosas dentro de la casa. A sus cuatro hijos, les dejó claro que, donde mandan capitanas, no mandan soldados. Su muerte les sorprendió en medio de la tormenta del siglo. No hay un día en que no la recuerde. El día del entierro todos lloraron, ella no. No pudo. Decidió cumplir el deseo de la matriarca: despedirla con una tristeza infinita, pero cantando y bailando.

La música forma parte de su cotidianidad. Disfruta preparar comida vegana para lxs amiguxs mientras escucha a Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Pablo Milanés, Celia Cruz, Elena Burke o Concha Buika. Y si la situación lo amerita, invita a todos a tomar una copa en un bar random, “porque coño es el aniversario del Benny”.

Básicamente de frutos secos y hortalizas vive esa mujer. Todo comenzó en el 2017. Ese año su familia decidió renunciar a los productos de origen animal y comenzar a ser vegana. Ella desde mucho antes había dejado de comer carne, pero la idea de desistir del queso o del pescado le costó un poco más de tiempo asimilarla. Y usted dirá: ¿veganismo en Cuba? Pues sí. Diare, como cariñosamente la llaman sus amiguxs, es la muestra de que se puede, y que todo es cuestión de voluntad, que la culinaria cubana va mucho más allá del pollo. Es como si de la cena de fin de año, dejaran de invitar al puerco, pero la yuca, los frijoles, el arroz, la ensalada de vegetales y el casquito de guayaba siguieran formando parte de la fiesta. Y que nadie diga que no está saludable. Cuando a raíz de la pandemia de la Covid-19, La Habana cerró y el transporte público desapareció del mapa, Diarenis desempolvó su bicicleta y recorrió toda la ciudad, para resolver sus problemas y los de la gente que la rodea.

Su mejor cualidad es saber acompañar, escuchar, estar ahí. Cuando el huracán Sandy devastó gran parte de Santiago de Cuba, puso un cartel en el portal de su casa diciendo que se recogían donaciones. Una señora le llamó la atención el gesto y preguntó si esa era una iglesia. Pero no, era su casa en la Virgen del Camino, un espacio abierto a la solidaridad y al arte.

Sus amiguxs la han visto desde consolar a una extraña en el medio de la calle, hasta ponerse belicosa con un tipo por acosar a un niño. Ella vio la escena, no le gustó. Estaba segura de que pasaba algo raro y enfrentó al hombre que hizo como si a ella no le importara el asunto y trató de echarla a un lado. No se dejó. En eso dos hombres más intervinieron en defensa del muchacho y el asunto no pasó a mayores.

En momentos así, pareciera que no le tiene miedo a nada. Pero sí. A quedarse sin sueños, a que la realidad de las personas negras no cambie, a que nunca sea suficiente. A sus 46 años, Diarenis, ahora abuela, quiere ser recordada como una luchadora, una “artivista”, una flor.

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