Refugios para mujeres en situación de violencia. Experiencias para Cuba

En colaboración con YoSíTeCreo en Cuba.

“Una casa de acogida es un lugar que brinda cobijo a mujeres víctimas de la violencia que no tienen una red familiar o de amistades que la acojan junto a sus hijas e hijos, o que por el peligro real para su vida deben ir a lugares donde se les brinde protección adecuada. Una casa de acogida entrega los elementos indispensables para que las mujeres y sus familias curen sus lesiones y recuperen su vida: brindan asesoría y representación legal, atención médica y psicológica, seguridad, acompañamiento educativo, abrigo y afecto”.

Este trabajo se realiza para sistematizar conceptos y experiencias que sirvan de referente en Cuba, donde no existen refugios temporales para mujeres.

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Cuando una mujer ha estado expuesta de manera sostenida y prolongada a la violencia de género dentro de su propio hogar, necesita romper el ciclo de violencia. No hay salvación ni sanación sino se interrumpe ese ciclo, y la única manera de hacerlo es salir del entorno donde convive con su maltratador. Puede funcionar una red de apoyo familiar, pero en casos donde el maltratador se torna físicamente violento, existe la posibilidad de que resulten heridas la mujer, sus hijes, y también quienes la ayudan. Frente a esa realidad hipotética (pero frecuente) ya sea que exista esa red, o no, la solución más eficaz es una casa de acogida o un refugio temporal.

Todavía en algunos países el modelo de atención a mujeres víctimas de violencia de género recae completamente en la consejería psicológica junto al asesoramiento legal. Se trata de un modelo de atención insuficiente que carece de un enfoque integral al abordaje de este problema que no es solo familiar o social, sino que tiene una dimensión política y también económica.

Las experiencias de creación de refugios para víctimas de violencia de género demuestran su eficacia para rescatar a las mujeres y sus hijes del espacio donde son violentades. Estas casas de acogida permiten recolocar a las usuarias en un espacio de confianza, seguridad y atención directa y personalizada, que le posibilita la restitución de sus derechos.

La violencia de género limita a las personas en esta situación para tomar decisiones. El impacto psicológico puede ser tal que muchas (cuando no son asesinadas) estén en peligro de suicidio. La exposición durante años al maltrato sostenido por parte generalmente de seres cercanos, puede llegar a despojarlas de autonomía, las nulifica como sujetos de derecho y las separa de cualquier posibilidad de participación social o política; frecuentemente los agresores les restringen el contacto familiar e independencia económica para tenerlas indefensas y sin redes de apoyo. Existen casos extremos de encierro en los hogares de las mujeres por parte de los esposos o parejas.

De ahí la prioridad de contar con un ambiente seguro donde pensar su experiencia con ayuda especializada y de manera que las empodere para afrontar por vía penal la situación, pero ya con garantías de protección y psicológicamente preparadas para tomar una acción judicial como camino de defensa.

No existirá restitución de derechos, ni autonomía, ni empoderamiento sino existen garantías para la vida misma y eso solo es posible desde un entorno seguro, lejos del maltratador. De nuevo: las casas de acogida son la respuesta, la posibilidad real de evitar un feminicidio.

¿Cómo se gestionan las casas de acogida?

Si bien no pueden existir sin la voluntad política y apoyo del Estado, la gestión de estos centros no es responsabilidad exclusiva de un gobierno. En varios países han sido las ONGs y la sociedad civil quienes se han organizado para crear los refugios. No obstante, aunque esta capacidad de acción no exista, sí es posible crear estos espacios desde la institucionalidad estatal y recibir apoyo de diversos actores, ONGs, sociedad civil, organismos internacionales, fondos donativos de otros países, etc, con lo cual, toda la responsabilidad no debe pesar sobre los hombros del Estado.

Por otra parte, resulta difícil pensar la posibilidad de hacerlo en Cuba sin apoyo gubernamental, porque garantizar la seguridad permanente (24 horas) en los exteriores de los centros así como de los equipos de atención solo es posible en coordinación con las autoridades. De hacerlo la sociedad civil, debería organizarse de tal modo que pueda garantizar la seguridad de las usuarias todo el día. Tampoco deben descartarse opciones mixtas, que impliquen el trabajo conjunto entre sociedad civil, sector privado y Estado, en busca de crear refugios sostenibles.

La gestión de una casa de acogida debe contemplar no solo alimentación y dormitorios, sino también ropa, condiciones para que los niñes puedan permanecer y ser cuidados de manera que las madres tengan sesiones terapéuticas individuales y grupales sin la presencia de los menores, así como atención exclusiva para elles.

El personal de la institución necesita estar preparado para tratar adecuadamente a las víctimas, aun cuando no quieran hablar, o comer o prefieran mantenerse aisladas. Desde los terapeutas hasta quienes sirven un almuerzo deben generar empatía y solidaridad. El espíritu del espacio debe ser seguro y de confianza en todo sentido. Debe ser sororo.

Por otra parte, los refugios no tienen por qué ser asistenciales. Las propias mujeres acogidas pueden cubrir determinadas cosas, como la higiene de sus habitaciones, o sea, aportes que no impidan su recuperación pero ayuden a la sostenibilidad de los centros. Ellas no están enfermas.

 

 

Un modelo de atención dirigido a restituir derechos

¿Cómo se ha establecido un modelo de atención psicológica orientado a esto? Lo primero es asumir un enfoque psicoeducativo porque no solo se trata de que las víctimas puedan sanar o empoderarse tras la experiencia traumática, sino también que puedan irse con las herramientas para aproximarse a situaciones semejantes de otra manera, desde otra perspectiva. De ahí que sea necesario brindarle recursos psicológicos que desnaturalicen la violencia de género y tributen a la comprensión de las relaciones sociales o psicoafectivas desde la equidad de género. Con este abordaje no solo se contribuye a prevenir la violencia de género en la pareja sino también en otras áreas de desarrollo de la persona.

La alternativa que nos ofrece la consejería para que las mujeres hablen de su relación traumática propicia la visualización de la verdadera naturaleza de la relación abusiva, su no naturalidad, lo que favorecerá en ellas la comprensión del maltrato, generando una disminución de la culpa  que  le  permitirá  entender  con  mayor claridad  el  abanico  de  alternativas  posibles  para  salir de esa relación. Aunque no le parezca que el consejero la ha ayudado, en realidad le ha abierto un horizonte de posibilidades para su protección y bienestar”.

Por tanto, el equipo de atención debe ser multidisciplinar, especializado y tener formación en inequidades y violencia de género. La autora Sabina Lila Deza –en Modelo de atención psicológica para mujeres víctimas de violencia familiar albergadas en hogares de refugio temporal– sugiere incluso no iniciar una conversación sobre su experiencia sin antes preguntarle si quiere hablar sobre eso, no establecer ningún contacto físico con ella sin antes preguntar. Se deduce que la restitución de derechos debe estar incluso en la manera en que se comunican con ella para brindarle ayuda psicológica.

Es en este sentido que se logra un enfoque integral. No se trata solo de casas de acogida para romper el ciclo de violencia, sino de centros de atención integral a mujeres afectadas por la violencia de género y sus hijes.

Una aclaración importante es que los menores testigos de la violencia ejercida sobre sus madres son víctimas de maltrato infantil, no solo llevan atención psicológica sino que merecen una salida jurídica que ponga límites en el régimen de comunicación con el victimario, cuando este sea su padre. Si no existe un camino jurídico para la violencia de género comprendida en el corpus legislativo, tal cual, que no obligue a buscar alternativas a estos procesos, es aún más difícil encausar el maltrato infantil que viene aparejado a la violencia de género (violencia vicaria).

Con todas estas cuestiones en perspectiva, el enfoque integral a las mujeres afectadas les permite auto-reconocerse como sujetos de derecho, y restituir su autonomía. Entonces se hace plausible iniciar una acción penal contra el agresor.

Mirar las experiencias de otros países de centros de atención integral demuestra que son esperanza para la vida misma y debería ser prioridad de los gobiernos. Impulsar la creación de refugios en Cuba no es utopía. Se ha demostrado que no tiene por qué ser responsabilidad enteramente gubernamental. A partir del conocimiento compartido por especialistas que han trabajado en casas de acogida, puede pensarse en un modelo válido para el contexto cubano como mecanismo de prevención y protección para mujeres, atención integral y restitución de derechos.

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