Los muchos viajes de Penélope

migración
Ilustración: Carlos Rodríguez Herrera

 

Cuando estaba en sexto grado Yahima odiaba el inglés. En octavo, las clases de la profesora Ángela le hicieron cambiar de idea. Desde entonces supo que quería estudiar idiomas. Probablemente no imaginaba que su elección sería, años después, una de las claves de acceso a una nueva vida.

“Aquí he aprendido muchísimo y he crecido como persona. Lo que más agradezco de Cuba es la educación que recibí en mi tiempo, porque ahora ya no es lo mismo”. Yahima salió de la Isla el 3 de octubre de 2014, y llegó a Texas el 3 de octubre de 2015.

Su recorrido fue largo y tortuoso, como el de tantos que toman las llamadas rutas del Sur.   

Guyana – Dos meses en Brasil – Nueve meses en Ecuador – Colombia – (Pasados más de cinco años recuerda los detalles, pero en el mapa de su cabeza se confunde el orden de las naciones en “la curvita” de Centroamérica) – México – Frontera sur de Estados Unidos.

Fueron 28 días de viaje desde Quito hasta Brownsville –emulando a los antiguos peregrinos–. Veintiocho días y un accidente de tránsito, una lancha, una avioneta, una balsa; noches durmiendo en hamacas, a la intemperie, presa de los mosquitos.

Pero ella lo cuenta todo como una aventura donde no tuvo miedo y sí mucha suerte. Cerca de Puerto Obaldía, en la frontera de Panamá con Colombia, “nos dejaron ahí con el agua a mitad de cintura, subimos una loma como a las 11 de la noche. Fui la primera en subir y la primera en bajar: Dora la Exploradora; y con la menstruación, me estaba muriendo”.

La oscuridad y la selva igualan a quienes pretenden cruzarlas. El investigador y profesor brasileño Marcos Antonio da Silva señala que una tendencia común en la migración internacional latinoamericana es que la inmensa mayoría (alrededor del 75 %) converge hacia los Estados Unidos.

Yahima viajó con dos amigos de Chaparra, su pueblo, y quizás por eso no sintió temor (estaba más preocupada por su mamá que por otra cosa). “Sola, es algo que no hubiese hecho; pero conocí mujeres que lo estaban haciendo solas”.

 

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En primer año de la universidad, era la única en su aula de la región oriental del país, hasta que poco después vino otra muchacha, también de la provincia de Las Tunas. “Cuando llegué a La Habana fue como aterrizar en otro planeta, imagínate. Pero yo tengo un poco de mal carácter, así que nadie se metió conmigo. Me adapté lo más que pude y así fue como me integré”. Tanto que cuando volvió a su casa, en diciembre, la madre le dijo que le habían cambiado a su hija.

Tras graduarse de la licenciatura en Inglés, y alemán como segunda lengua, rentó un apartamento en la capital y comenzó a trabajar en un hotel. Era 2013, y la primera escala del trayecto.

 

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Yahima es bajita, de ojos oscuros y pelo a juego. Habla a toda velocidad, aún con el acento de su provincia. Tiene la actitud pragmática de quien dice “a ver, qué es lo que hay que hacer”, y va y lo hace. Entre eso y su pronunciación exquisita, muchos se confunden y piensan que es “de allá”.

En el relato no asoman la nostalgia ni el desarraigo –al menos, no es lo que ella deja traslucir–. Su historia sugiere que los procesos migratorios guardan tantos matices como las personas que los experimentan.

“Yo tuve una buena vida en Cuba, esa es la verdad: a mí no me hacía falta nada, lo mismo en el plano económico que en el emocional… pero nunca sentí que pertenecía, en ningún sitio. Creo que desde que tengo uso de razón ando buscando donde me guste estar. Hasta ahora, Austin (Texas) ha ganado, pues la Florida no me gusta”. En Austin hace calor, y ella no soporta el invierno.

“No quiero hijos, ni casarme, y allá es complicado cuando tomas ese tipo de decisión. La vida en Cuba siempre es lo mismo: la gente que se queja, uno no puede proponerse metas porque para todo hay un problema… las restricciones, eso fue lo que más influyó en mi decisión. Este país tampoco es lo que te pintan en las películas; es difícil explicarlo”.

Investigadores del Centro de Estudios Demográficos (CEDEM), de la Universidad de La Habana, señalan que en el caso cubano, además de la búsqueda de contextos sociopolíticos diferentes y mejoras económicas, se añaden otras aspiraciones de realización personal y proyectos de vida, lo cual complejiza las motivaciones del fenómeno migratorio.

 

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“Conocí muchísimas personas en el camino: la gente en esos países de América Latina, mija, gente muy buena, la verdad…”. Mientras esperaba en una prisión de Tapachula, México, se encontró con conocidos de La Habana que intentaban llegar al mismo destino que ella.

“Ahí escuché historias de los demás latinos que cruzan, los tratan como perros… Eso es lo más terrible, triste”. Cada parada, cada escena, forma parte del cuento que ha repetido tantas veces después.

Desde el lado norteamericano de la frontera Yahima voló a Naples (Florida), gracias a una prima que vive ahí y pagó su pasaje. Si bien contó con redes de apoyo, apenas pudo, se rentó sola: “la convivencia es complicada, y yo prefiero dormir bien y sin mortificaciones”. En 2017, luego de que pasara el huracán Irma, se mudó a Austin, cerca de su papá.

Primero trabajó en un restaurante cubano, y ahora en una casa de empeños. Los motivos de su orgullo tal vez se parecen a los de otras mujeres en su situación: compró un carro, una casa, tiene una perrita, y llevó a su madre de vacaciones a Panamá. Cuando obtenga la ciudadanía estadounidense quiere iniciar el proceso de reclamación para volver a reunirse.

“Está loca por venir; y yo, loca por que venga. Ella trabaja porque quiere, dice que ‘por si acaso’, y siempre ha sido mi responsabilidad ayudarla; pero es porque yo quiero, no porque lo tenga que hacer. Y está mi hermano, que es un vago de la vida, pero a ese mi papá lo mantiene. Al resto de la familia los ayudo cuando puedo, por los cumpleaños, y así”.

De acuerdo con el informe Las mujeres migrantes y la violencia de género. Aportes para la reflexión y la intervención, un impacto positivo de este fenómeno radica en que la migración puede permitir que las mujeres se conviertan en las principales proveedoras económicas para ellas mismas y/o para sus familiares. “Estas situaciones incrementan su control de los recursos como también su autoestima y autonomía”.

Yahima disfruta ser independiente, le gusta el café y arreglar el patio de la casa. Tirarse en paracaídas: checked. En la muñeca derecha tiene tatuado el símbolo de Om, un mantra que le funciona como llamado a la paciencia y al equilibrio. Según los libros sagrados del hinduismo, todo lo existente y por existir puede controlarse al mencionar la palabra Om.

Mi única meta ahora mismo es traer a mi mamá. Ya después veremos si todo lo que quiero lo puedo hacer”.

 

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