El quinto amigo o en los cuarenta sin casa

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Las películas americanas tontas sobre dramas de la mediana edad me deprimen. No sé si han notado que en ellas casi siempre hay cinco personajes estereotipados, de un sexo o del otro. Está el exitoso en su profesión, as de su empresa, soltero codiciado y workaholic en constante neurosis. Está el que ha construido una familia tradicional con casa, carro, niños y perros. Tenemos al aventurero viajero, que es artista, activista por los derechos humanos o animales, especialista en medicina o ciencias sociales, medio hippy, medio ecologista, medio indie. No falta el aparentemente normal que no destaca en nada y… el fracasado.

Este fracasado suele ser alguien que estudió una carrera sin futuro, o no estudió ninguna. Suele trabajar de mesero o cocinero en un MacDonald, un Starbuck o un modesto restaurante de barrio. Vive con sus padres y es patológicamente incapaz de independizarse. Ninguna de sus relaciones amorosas funciona por estos u otros factores. Es jugador compulsivo, amante del cine y su mente es un almacén de información irrelevante. Nada de lo que emprende prospera. Es el payaso de los cinco y aunque nadie lo tome en serio, suele ser el tipo más leal, amoroso y menos egoísta del grupo.

Hay dos situaciones en mi vida que me han hecho pensar muchísimo en ese proverbial fracasado de entre 35 y 40 años.

Una ocurrió hace una década. Nos sentamos dos amigos y yo a ver una película con la consabida trama de los cinco socios. Mis dos amigos no son tan diferentes excepto en el hecho de que uno es de Guanabacoa y el otro es de Canadá. Cada vez que el fracasado del filme hacía una de las suyas o los demás triunfadores hablaban de él, mi amigo canadiense se reía con ganas mientras nosotros respondíamos a sus carcajadas con tibieza y cortesía, pero en realidad aguantando unas tremendas ganas de llorar. Supongo que dábamos una imagen bastante patética con nuestras caras grises y, entre los dos, un tipo muriéndose de risa a cada rato.

Al final tuvimos que explicarle a nuestro canadiense burlón, profesional como nosotros, de nuestra edad, con trabajo estable e independencia doméstica y patrimonial, que, a diferencia de él, nosotros nos parecemos más al fracasado que a todos los demás personajes. Intentó entendernos, pero yo sé que se quedó en blanco: es muy difícil asimilar que un profesional de treinta años, con independencia doméstica, con trabajo y relativa madurez, viva en la casa de sus padres y sea dependiente económicamente casi para siempre, como si fuera un adolescente crecido e inútil. No es fácil de explicar y menos de entender.

Algunas personas más jóvenes que nosotros han roto con ese miedo de quedarse en el aire. Han invertido lo que no tienen y se han largado de su casa. Han vivido precariamente posponiendo todo lo demás (carrera, matrimonio, hijos) hasta lograr su independencia y no ser ese tipo de fracasado.

Unos han heredado casas, otros se han ido a vivir con parejas y han logrado que funcione, otros se han ido del país.

Mi grupo de amigos contemporáneos, nacidos en los ochenta, fuimos educados para poner toda nuestra fe en un desarrollo lineal, tradicional. Primaria, secundaria, preuniversitario, universidad, postgrado, matrimonio, hijos. Hasta desembocar en la calle sin salida de los cuarenta con hijos y sin casa, con una alta calificación profesional y experiencia de trabajo, algunos divorciados porque es muy difícil compaginar intereses de pareja con intereses de familia de origen, con intereses individuales y el tinglado completo de fracaso, sin recursos más que para lo cotidiano y, a veces, de retorno a nuestra casa materna. Un estereotipo del fracaso, como el quinto amigo.

La otra situación es que tengo otro amigo, una de esas almas hermanas heredadas en tiempos difíciles, y juntos hemos empezado a soñar como unos bobos. Soñamos colonizar un almacén y convertirlo en casa de ambos mientras levantamos presión para dividirlo entre dos.

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Actualmente vivimos con nuestras familias de origen y esa es una situación que no podremos cambiar por la vía natural. Es un privilegio, claro. Tener una familia, tener techo, compartir gastos, en lo bueno y en lo malo, en salud y enfermedad y todo eso. Pero llega un momento de tu vida en que quieres elegir a dónde, cómo, con quién y por qué. Y casi más importante aún: quieres enseñarle a tu hijo cómo se hace para que no llegue a la cuarentena tan frustrado en este tema como tú. Y no quieres esperar a que se mueran tus padres y heredes algo, porque tampoco es cosa agradable sentir que estorban a tu libertad individual y que para que seas independiente, ellos se tengan que morir.

Ambos estamos en la cuarentena, ambos tenemos hijos, carreras, trabajos y parejas. Somos domésticamente competentes y tenemos algo de sentido común, responsabilidad y habilidades para la vida. Estamos sanos y mentalmente estables. En teoría somos capaces de levantar un hogar compartido donde poner nuestras propias reglas y organizar todo para una vida feliz mientras dividimos con vistas a una futura independencia. En teoría…

Pensamos cómo queremos organizar nuestros días de compra y construcción. Pensamos que la que mejor cocina soy yo y el que mejor administra es él. Pensamos que mi hijo podría aprender un poco de guitarra con él y que soy buena para contarle cuentos e inventarle postres a su hija. Vemos distribuciones de cocinas, baños y patios, comentamos sobre mascotas, plantas ornamentales y cultivos comestibles, soñamos listas de películas y música para compartir, imaginamos rutinas de convivencia, pensamos en visitas de amigos, también en cómo apoyarnos en malos momentos. También (importante) pensamos en espacios personales, nuestra intimidad y el modo en que dividiremos ese “tu vida y la mía en un almacén”. Estamos fantaseando desesperaciones de roommates. Por muchas razones parece  (o es) un sueño imposible.

La primera: económica y jurídicamente no podemos. Tendríamos que solicitar un lugar, un terreno, un local defectado, un techo, un bajopuente… algo, y un subsidio o un préstamo para volverlo habitable. Sin embargo, como no somos pareja con un vínculo legal reconocido (es más, ni pareja: somos amigos), no tenemos derecho a hacer juntos una solicitud como esa. Podríamos comprar, pero ¿con qué? Si sumamos nuestros salarios y ahorros no alcanzamos a cubrir el precio de cuatro metros cuadrados de terreno, menos aún todo lo que lleva edificar sobre él. Tampoco queremos alquilarnos, porque significaría entregar una cantidad equis de dinero todos los meses, con un contrato de palabra porque en Cuba todavía no se manejan contratos de alquileres de casas para residencia a personas naturales. Pensando en los vaivenes de precios y economía del país, tampoco esto garantizaría la independencia segura, sino cierta independencia relativa a expensas de subidas de precio y eventuales desalojos. Y todo este rodeo solo para regresar al mismo punto con el bolsillo bien disminuido: no queremos. Además, para lograr verdadera seguridad legal, nuestros hijos necesitan un lugar estable y una dirección definida de donde no vayan a ser mudados a cada rato.

La segunda es social: nadie entiende que dos amigos de cuarenta años puedan elegir ser roommates. Ni nuestras parejas, ni nuestros jefes, ni nuestras familias, ni los funcionarios que participarían dando las firmas para viabilizar este arreglo. Es un cambio de vida incomprensible, absurdo. Dos divorciados que eligen vivir juntos tiene que ser porque son pareja y punto.

Su novia y mi novio dirán redondamente que no lo aceptan, que para independizarnos tenemos que irnos a vivir con ellos en sus casas, sin percibir que entonces estaríamos cambiando una dependencia por otra. Hablan desde el privilegio de quien tiene donde poner sus propias reglas y como recién llegados a su lugar, tendríamos que subordinarnos a ellas. Los amamos lo suficiente como para subordinarnos o negociar, pero no queremos ser dependientes de ellos. Queremos elegir. Queremos construir algo nuestro donde poder elegir. No entienden.

Nuestras familias tampoco entenderían. En mi caso temo incluso que se sentirían ofendidos porque “teniéndolo todo en casa” me voy a vivir con un extraño que ni pareja mía es.

Estas dos poderosas razones hacen que “El Almacén” con matas de tomate, gatos, banda sonora, olor a postre, cuadros artesanales, cortinas para separar ambientes, juguetes en el piso y libros en todas las mesas, tal vez no exista jamás fuera de nuestras fantasías. No va a existir a menos que hagamos un esfuerzo absurdo, desgastante, titánico, que nos cueste muchas cosas y eventualmente pueda hacernos pensar que hicimos mal, que no teníamos derecho a ser independientes.

Somos el quinto amigo, y no parece que eso vaya a cambiar.

 

One thought on “El quinto amigo o en los cuarenta sin casa

  1. Me encantó. Disculpe el colectivo fe Con/texto Magazine por comentar es que recién descubrí la publicación y me encanta todo. Gracias!!!

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