(Re)conocernos en telenovelas

Ilustración: Yissel Álvarez Dieppa

Primer acto: La madre y el padrastro llegan borrachos a casa y él decide que es hora de saciar su deseo sexual por Lía, que solo atraviesa la pubertad. La adolescente al día siguiente se levanta de la cama sin haber dormido, evade a su mamá, va a la escuela y termina con su novio y compañero de aula. A los días –no sabemos cuántos- le cuenta a la amiga que cree estar embarazada, una noticia que luego llega a la madre. Todos culpan a Saúl, la expareja adolescente. Nadie sospecha, mientras el padrastro planea irse del país en secreto.

Segundo acto: Mariana quiere tener un hijo. A sus treinta y cuatro años no ha podido lograrlo por lo que se somete a un tratamiento de fertilidad. Su esposo la apoyó a regañadientas, sin ganas de participar en los exámenes porque su hombría podría quedar en entredicho. Tras meses de engaño, finalmente ella descubre la infidelidad de su esposo al atraparlo infraganti, todo gracias al plan de la amante. Una mañana Mariana despierta con las sábanas ensangrentadas. Suponemos que tuvo un aborto espontáneo después de verla en una consulta ginecológica.

Tercer acto: Ania tuvo a su hijo de manera inesperada, luego del enésimo disgusto en una pelea con el marido. Las discusiones comienzan porque, desde que ella quedó embarazada, Samuel no quiere que trabaje, no quiere que salga de casa, no quiere visitas de la madre, de las amigas. No quiere, no quiere, no quiere, pero todo por cuidarla.

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Ilustro estos flashazos de algunas escenas al azar de la telenovela que transmite el canal generalista de la televisión cubana, Cubavisión, porque no todos la han visto; aunque, mientras el morbo y las críticas incrementan, también lo ha hecho su audiencia. “El Rostro de los días” muestra los conflictos de otras muchas mujeres, pero su argumento difiere de las imágenes aleatorias que yo acabo de escribir, y en las que se percibe sin disfraces la violencia de género.

La telenovela en horario estelar (nueve de la noche) va sobre familia, natalidad y crianzas. Se puede decir que ilustra las diversas maneras y edades en las que una mujer se embaraza y los problemas que debe afrontar para, a todas, llevar a término este ciclo de nueve meses, así como el entorno mientras esto sucede. Sin embargo, las opiniones son diversas entre quienes han leído mis reacciones de espantos en las redes sociales cuando termino un capítulo: están quienes comparten mis razones y quienes creen que estoy sobredimensionando las historias porque: “es solo una telenovela”.

Varios estudios señalan a la telenovela como el espacio ficticio más grande de América Latina; representa su mayor producción en serie y el producto más comercializado con éxito fuera de la región. Todo latinoamericano, alguna vez, ha sentido las ansias que provocan estos melodramas, ya sea por las historias de intriga o por la identificación con alguno de los personajes. Es, precisamente, en este espacio de reconocimiento donde la telenovela deja de ser una fantasía.

De acuerdo al investigador español, Jesús Martín Barbero[1], la telenovela es políticamente significativa porque representa un espacio de intervención cultural y ofrece un campo fundamental para la introducción de hábitos y valores. Es así que sus narrativas permiten “tomar el pulso” a las relaciones entre cultura, comunicación y sociedad. Asimismo, Néstor García Canclini[2] coincide en considerarla como una expresión del sistema social en el cual se genera. No obstante, el antropólogo argentino advierte que este producto, en cuanto forma artístico-televisiva, no se limita a representar la sociedad en la cual se produce, sino que cumple la función de reelaborar sus estructuras sociales e imaginar nuevas.

No se trata de que la telenovela cambiará comportamientos o apreciaciones de la noche a la mañana, pero sí de crear historias coherentes con el país donde se vive y al que la ciudadanía aspira, incluso cuando ello implique perturbar el staus quo, pues el objetivo final debe ser empoderar. La mirada crítica a los mitos y estereotipos que legitiman las industrias culturales implica deconstruir los estigmas mediante la creación de productos que muestren la realidad para subvertirla, en vez de justificarla.

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La producción de telenovelas cubanas hoy día tiene una particularidad que no cumplen sus homólogas en el continente: su función primaria no es la comercialización, por lo tanto se pueden evitar las lógicas de gestión de compra y venta, que implican globalizar sentimientos y homogenizar acciones. Entonces, ¿acaso el propósito de la televisión pública en Cuba es solo entretener? La nota editorial de bienvenida a la web institucional del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) establece que dicha entidad “participa en el proceso de superación educacional, científica, tecnológica y cultural con el objetivo de aportar en la formación de hábitos, gustos y participación crítica de los ciudadanos[3]”.

Si bien es surreal que en un espacio de entretenimiento las audiencias tomen lápiz y papel para educarse, los estudios de recepción muestran que los espectadores realizan, activamente, varios procesos ante los mensajes exhibidos. En primera instancia, el reconocimiento; luego, los procesos de comparación y discusión; y, por último, la apropiación educativa, es ahí cuando los receptores adoptan aquello hacia lo cual sienten motivaciones y en lo que se visualizan[4].

La realización de un guion o cualquier otra obra lleva un proceso de investigación previa – sea periodismo o no- y para ello el autor debe salirse de sus ideas preconcebidas y entender la responsabilidad de trabajar para los demás, es decir, “ponerse en los zapatos del otro”. La telenovela se aleja de esa intención en el instante que reproduce los prejuicios de antaño: la familia pobre es la negra; la pareja gay – metida a la fuerza- no expresan físicamente su afecto mientras las parejas heterosexuales no tienen reparos en demostrar su amor; el violador es, precisamente, el novio diez años menor que la madre; y resulta que eso representa una identidad atravesada, diametralmente, por los conceptos machistas que se continúan normalizando en los medios de comunicación.

A mi pesar, las actitudes de los personajes de la telenovela son calcomanías de gente real, ni aisladas ni minorías. La decepción llega cuando los conflictos afectivos se resuelven con comportamientos que reafirman un ciclo sin fin de violencia simbólica. De esta manera, los televidentes se desligan de lo que le es extraño y ajeno y se muestran conformes con lo que conciben como propio y significativo.

El ser humano no cuestiona lo que es incapaz de ver. Pierre Bourdieu[5] afirma que la violencia simbólica es “aquella forma de violencia que se ejerce sobre un agente social con la anuencia de éste”. Es decir, la violencia simbólica se camufla en las creencias aprendidas y aprehendidas socialmente, que legitiman las relaciones de poder desiguales, históricamente establecidas, entre hombres y mujeres.

La profesora española, Ana Navarrete, en un texto titulado “Performance feminista sobre la violencia de género. Este funeral es por muchas muertas”, define estas manifestaciones como “formas de representación que mantienen la jerarquización social, en las que la representación de la feminidad sigue basándose en estereotipos, que se convierten en organizadores del pensamiento social”. Lo anterior certifica que una agenda para enfrentar la violencia de género no solo puede estar conformada por la lucha contra  sus expresiones más visibles y radicales (acoso sexual, agresión física, feminicidios), también debe incorporar la violencia simbólica, cultural y estructural que sostiene el ciclo.

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La directora general de la telenovela, Noemí Cartaya, ha declarado que tenía como objetivo principal “contar historias relacionadas con la maternidad y paternidad desde el amor y la premisa que este vence todas las dificultades, y hacerlo en una puesta que resaltara la belleza que nos rodea, aun en medio de tantas circunstancias antagónicas”. Pero si la realizadora figuró un mundo ideal inexistente, entonces ¿por qué no imaginar uno en que los personajes tengan una reacción certera, edificante, para (re)crear una sociedad que queremos y no siempre encontramos?

La respuesta de Cartaya es preocupante, y seguramente una “verdad compartida”, en tanto reafirma los mitos del amor romántico como aquel que todo lo puede y todo lo aguanta. Falsas creencias que suelen tener una gran carga emotiva y contribuyen a crear y mantener una ideología grupal resistente a cambios o razonamientos. Es así que muchos apoyaron el juicio de Aldo al aconsejar a la embarazada Ania sobre su relación con Samuel, luego de una pelea en la que el esposo perdió los estribos y utiliza, nuevamente, el maltrato verbal. El anciano le pide a la esposa reflexión y caracteriza la actitud (celosa, violenta y controladora) del marido como un sinónimo de amor y preocupación.  En un capítulo posterior, muestran al cónyuge arrepentido con lágrimas en los ojos, rogando a la madre de su mujer que la convenza de volver a casa, porque la paternidad lo había cambiado. Estas escenas legitiman la opinión global de que “quien no cela no ama”, cuando realmente los celos son muestras de inseguridad y violencia psicológica.

Igualmente, la situación de la adolescente, quien fue violada por su padrastro, saca a la luz otras preocupaciones: el requerimiento de una educación sexual integral y de género para las hijas e hijos, que sobrepase los valores conservadores y la idea de enseñar el uso del preservativo para la prevención del embarazo y las enfermedades de transmisión sexual.  En 2015 la UNESCO[6] publicó que el principal objetivo de la educación sexual es equipar a las niñas, niños y jóvenes con los conocimientos, las herramientas y los valores que les permitan tomar decisiones responsables en sus relaciones sexuales y sociales, así como las leyes que los amparan. Esto permitirá que sean capaces de identificar situaciones de acoso, abuso y explotación sexual, sepan dónde acceder a fuentes de apoyo, aprender a decir NO y resistirse ante presiones, entender que no están solos ni deben tener miedo ni vergüenza de compartirlo y pedir ayuda.  Además, permite sacar la pornografía del manual por el que los adolescentes se acercan al placer sexual.

Las autoridades de salud en Cuba reconocen que alrededor del 50 por ciento de los adolescentes entre 15 y 19 años tienen una vida sexual activa. Además, de acuerdo a la investigación “Prevalencia de los factores de riesgo del aborto reiterado en la adolescencia”[7], uno de cada cuatro abortos en la Mayor de la Antillas son en mujeres menores de 20 años, proporción similar a la de todos los nacimientos vivos que ocurren entre las adolescentes. Estas estadísticas evidencian la poca percepción de riesgo, en primer lugar de un embarazo adolescente y en segundo lugar de las consecuencias de utilizar el aborto como método anticonceptivo. Sin embargo, las realidades anteriormente mencionadas son invisibilizadas en una telenovela, cuya directora cree que encarna el ideal.

La exhibición y aprobación por parte del público de la telenovela cubana “El Rostro de los días” es un llamado de alerta para reconstruir nuestras identidades. En su libro “Lenguaje, poder e identidad”, Judith Butler habla de la resignificación del lenguaje para producir nuevas y futuras formas de legitimación de diálogos que aún no han sido aprobados, lo que requiere abrir contextos ignorados. Si bien en nuestros actos diarios rechazamos la violencia, en nuestros relatos -aparentemente ficticios- la banalizamos, idealizamos y justificamos.

Este poder simbólico está en todas partes y es reproducido, especialmente, en los sistemas de enseñanza. No obstante, la institución escolar de ningún modo puede pretender enseñarlo todo. Son necesarios otros espacios para formar, donde se aprendan y conformen múltiples imaginarios sociales. Por ello, la selección de contenidos audiovisuales en los espacios de comunicación y difusión debe pensarse como producto/espejo para un despertar de conciencia colectiva.

La televisión, como uno de los más importantes instrumentos de socialización en Cuba, contribuye de manera decisiva a la perpetuación de un sistema patriarcal caracterizado por la subordinación de las mujeres a los hombres a través de la propagación de los estereotipos (conjunto de creencias, imágenes o ideas simplificadas acerca de las características de grupos de personas, aceptadas comúnmente por un grupo o sociedad) y roles de género (opiniones hipersimplificadas, social y culturalmente arraigadas, sobre los atributos y características de los hombres y las mujeres) que refuerzan la desigualdad y, por tanto, a la violencia machista. El hábito de actuar de una manera porque siempre ha sido así, nos aleja de quitarnos las vendas que la sociedad coloca mientras crecemos.

La urgente necesidad de erradicar los discursos sesgados de género en los medios de comunicación social debe pasar del enfrentamiento académico a la práctica profesional. Para ello se necesita aceptación del problema, mente abierta y la supervisión de especialistas. Si entre lo estipulado en los objetivos de trabajo estratégicos 2018 – 2021 del ICRT se encuentra fortalecer y perfeccionar la Política de Gestión de Contenidos que garanticen diversidad, coherencia editorial, participación ciudadana y multimedialidad, lo dicho anteriormente puede ser parte del camino. No se puede pensar la ficción televisiva como una burbuja que niegue o desconecte a los públicos de su contexto inmediato, sino más bien como un ámbito desde donde se produzca un cambio educativo y cultural para la consolidación de una nueva realidad, menos alienante.

[1] Jesús Martín Barbero. La telenovela en Colombia: televisión, melodrama y vida cotidiana.

[2] Marta Mariasole Raimondi. La telenovela en América Latina: experiencia de la modernidad en la región y su expansión internacional.

[3] icrt.gob.cu

[4] Valerio Fuenzalida. La apropiación educativa de la telenovela.

[5] Wilmar Peña Collazos. La violencia simbólica como reproducción biopolítica del poder.

[6] La educación integral en sexualidad: Una revisión global de evidencia, práctica y lecciones aprendidas.

[7] Dra. Milagros García Mazorra y Dra. Vilma Yaneth Cruz Quirós. Prevalencia de los factores de riesgo del aborto reiterado en la adolescencia. Rev Cubana Obstet Ginecol vol.41 no.1 (ene – mar 2015)

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