¡Retoña!

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Este año difícil transcurre asustándonos. Pone sitio incluso a las tristezas antiguas imponiendo su forma particular de desdicha. También ha enseñado cosas que, en otras circunstancias, nunca hubiéramos aprendido. El 2020 nos está obligando a crecer, a adaptarnos, a dejar de lado desgracias y avanzar. En este año estamos aprendiendo a priorizar y a revisar muy seriamente nuestros privilegios y penas. Ser resiliente no es una opción: es un imperativo.

Agosto llegó y casi se va, y con él, otro aniversario de la muerte de mi hermana. Yo no soy de aniversarios. He llegado a olvidarme hasta del día de mi cumpleaños. Últimamente he notado que solo recuerdo el de mi hijo. Pareciera que para mí solo existe un aniversario en el mundo y es el suyo. Los demás, si no tengo recordatorios, paso por ellos sin verlos. Mi única manera de recordar el día en que vivo son los horarios y fechas importantes de la universidad, las rutinas de trabajo. Por eso ya me he reconciliado con la idea de que llegó el mes de agosto y yo no recuerdo, por mí misma, que hace treinta y cuatro años Yamila se fue.

Muy acertadamente se dice que algunas pérdidas no tienen nombre. Cuando pierdes a tus padres eres huérfana, cuando pierdes a tu pareja, eres viuda. Pero si pierdes un hijo, no existe una palabra para calificar tu estado. Eres dolor, la familia entera es dolor. A partir de esas pérdidas, muchas cosas cambian o deben reconstruirse y no todas las reconstrucciones son iguales.

Yo tenía seis años y mi familia me envió a pasar los peores momentos a Bauta. Fue como el viaje de vacaciones de todos los años, donde había muchos niños, viajes a Playa Baracoa, campo. Por eso no sospeché nada. Nadie me había explicado bien de qué iban los viajes al hospital que estuve viendo los tres meses anteriores y que pasaron de semanales a casi diarios. Yamila me enseñó la enorme operación en su pecho, pero no me dijo de qué era. En casa nunca se ha sabido manejar de forma correcta ciertas cosas: nadie lo diría, con tantos profesionales que tenemos aquí. Yo vine a saber qué significaba la palabra cáncer cuando cumplí catorce años, y no por nadie de mi familia, sino por un maestro de los de aquella época.

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

En Bauta fui feliz, mientras aquí en la Habana se acababa el mundo. A mi regreso, en casa éramos menos y había una cama vacía. En vez de explicarme al momento, esperaron que yo preguntara. Cuando pregunté me lo contaron y fue tal el impacto que nunca más lo volví a mencionar, al menos no entre mi gente.

Ese triste evento hizo germinar algunas de las dinámicas más tóxicas de mi familia. Justo es decir que esas dinámicas ya están presentes en el substrato de cultivo del grupo familiar latino; que es tan patriarcal, machista, posesivo y manipulador como afectuoso, unido, humorístico y acogedor. Por más que hagamos, por mucho que estudiemos y atesoremos experiencias, sin importar cuanto nos esforcemos por aprender a convivir, esas dinámicas nos persiguen y algunos detonadores las activan.

Hoy el recordatorio me vino del messenger. El antiguo novio de mi hermana no ha podido olvidarla, y desde que nos hemos contactado en el Facebook no pasa un año sin que me lo recuerde. Siguió con su vida, se convirtió en esposo, padre, abuelo, pero todavía guarda luto. Su familia de origen también lo sufrió, y su familia actual ha tenido que vivir con esa sombra.

La esposa, cuando aún era novia, nos fue presentada como en una especie de ritual de aprobación. A mí me cayó muy bien, pero encontré muy triste que la sometieran a eso. Si estuviera en su lugar, lo hubiera dejado ahí mismo. Pero yo era demasiado niña entonces para opinar y, de todas maneras, es preferible que ni comente sobre el tema. No quiero herir sensibilidades y menos las del novio de mi hermana. Este año di las gracias por sus condolencias y me callé.

Luego vino el mensaje de la mejor amiga de Yamila. También escribe todos los años, pero menos dolida. Ella sí ha seguido adelante sin ataduras y me consta que era una hija más, otra hermana. Su manera de recordar es más constante y luminosa, más alegre. A veces me comparte fotos de los lugares a los que ha ido «A tu hermana le hubiera encantado ir aquí —fotos de vestidos—. Esto le hubiera quedado lindo a tu hermana». Ella no da condolencias, solo escribe preguntando cómo estamos, manda besos para mi mamá y al final dice, como de pasada, «Hoy hace un año más».

También lo agradezco y transmito el saludo, pero sin mencionar la fecha.

No solo mi familia ha sufrido la pérdida y es huérfana de una hija. Otras familias lo son de algún modo y han tenido que vivir con ello, recordándolo año tras año.

Pero esta vez mi madre no se acordó. No lo ha mencionado. Pasó el día sin pelear, sin gritarme, sin protestar por nada. No me discutió como acostumbra, no pretendió quedarse con la última palabra. Esas son sus maneras de recordarme que está desconsolada y ese día no las usó.

No sé si olvidó la fecha… y me preocupa. Ya no es joven y las trampas de la memoria son el primer indicio de senilidad. Pero igual no sé si decidió no estar triste, y eso es bueno. Tampoco sé si este año bisiesto que nos trae a todos de cabeza ha obrado la terrible magia de vaciar su memoria de todo lo que no sea urgente.

No he dicho nada. No se lo recordé. Compré flores, eché mano del regalo en comida que nos hizo una amiga del extranjero y me ocupé de la cocina, como siempre.

Puede ser que afuera el mundo se esté acabando y que aquí dentro haya heridas viejas que nunca van a cerrar. Pero si de mí depende, hoy va a ser un día lindo.

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