Y sus nalgas, su padrastro podía ver la silueta de sus nalgas: historia de Ana Laura

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Este es un texto que, como prosa proustiana, juega mucho con los recuerdos que uno tiene, que lo acompañan durante toda la vida y que, de repente, aparecen por alguna razón.

Cuando estaba en la secundaria tenía una compañera llamada Ana Laura. Yo iba en octavo grado y ella en noveno. Durante séptimo jamás tuvimos ninguna relación, pero luego ambas fuimos parte del colectivo de estudiantes directivos de la escuela. Yo era la jefa de actividades y ella la jefa de colectivo. Por aquella época yo tenía un novio que era amiguito de ella y, a partir de ahí, tuvimos otro punto en común. Un punto feliz. Las personas que son parte del colectivo de estudiantes directivos pasan mucho tiempo juntos. Teníamos que preparar eventos, montar mini obras de teatro para los matutinos, revisar que pagaran la cotización y estar al tanto de si los alumnos estaban contentos o no con los profesores. Ana Laura y yo ocupábamos algunas horas del día en esas faenas y, entre trabajo y novio-amigo en común, nos hicimos realmente cercanas.

Siempre recuerdo dos cosas de ella: la primera, su cabello. Era castaño claro y largo hasta las nalgas. La otra cosa que recuerdo de ella eran, precisamente, sus nalgas. Ana Laura tenía más o menos mi estatura y le encantaba ponerse súper ajustada y corta la falda del colegio color amarillo mostaza. Para contrastar, no tenía nada, pero nada de tetas, lo cual hacía que sus nalgas se vieran aún más grandes. Siempre pensé que ese desequilibrio corporal estaba bien bonito. Además, Ana Laura era de esas niñas que sabían que gustaban pero que no les interesaban esas cosas. Ella lo que quería era sacar buenas calificaciones y estudiar medicina. Pero sea como sea, era evidente que Ana Laura era una adolescente «desarrolladita para su edad y con falditas demasiado cortas», o por lo menos eso decía su mamá.

Una mañana llegó roja a la escuela y con los ojos medio hinchados. Como cada día, la vi en el salón de reuniones que teníamos casi para nosotras dos. Ahí me contó que estaba desesperada y que necesitaba un lugar donde vivir. Yo no entendía por qué: en Cuba la gente no vive en la calle, o por lo menos, una muchacha como ella no. Entonces me contó que había discutido muy fuerte con su mamá, su papá y su padrastro. «Es que ya era demasiado lo de mi padrastro. Primero noté como se quedaba en la puerta de mi cuarto, mirándome dormir. Yo no estaba dormida, claro, pero me quedaba callada un rato para poder interpretar la razón por la que él se quedaba mirándome. Mi padrastro me ha criado desde niña. Podía ser una mirada de amor al verme dormir, como de papá. Esa es una escena que pasa mucho en las películas. Yo quería confiar en que eso era una escena».

Pero no.

Ilustración: Devenir Colllage

Luego, decía Ana Laura, vio cómo la miraba y se tocaba el pene por encima del pantalón. Y empezó a entrar al baño cuando ella estaba en la ducha siempre con alguna justificación: agarrar la pasta de dientes, agarrar la espuma de afeitar, quitarse un pelo de la nariz frente al espejo.  Había una cortina que dividía la bañera del resto del baño y Ana Laura podía ver su silueta, sin recoger nada del botiquín, sin enfilar su torso hacia el espejo, sin sacarse un pelo de la nariz. Ella sentía como él observaba su silueta de adolescente “desarrollada”, su silueta que se torna hasta más sensual con la cortina por medio. Y sus nalgas. Su padrastro podía ver la silueta de sus nalgas. Dice ella que lo único que se le ocurría era voltearse de forma tal que la cortina reflejara su parte frontal. Ana Laura, de frente, podía parecer un niño y creo que eso mismo sintió su padrastro y que, por eso, comenzó a entrar menos al baño mientras ella se duchaba.

Ese día que llegó a la escuela me contó que ya la cosa estaba fea. Descubrió que su padrastro había abierto un hueco en la pared del baño, justo en donde estaba la tina. El hueco se disimulaba, perfectamente, con la pared descascarada y a medio pintar. Pero la mirada es algo fuerte – me dijo ella. «Entonces, yo me estaba bañando y sentí cómo me miraban y me miraban y tan loca me puse que localicé el hueco y ¡lo vi! Vi su ojo separándose al instante de que yo me acercara. Salí corriendo del baño hacia el cuarto de mi mamá y mi padrastro y ahí estaba él, solo, en calzoncillos, tirado en la cama haciéndose el que leía el periódico, pero la tenía dura como un palo. Yo empecé a gritarle y a decir que era un descarado, un puerco, un asqueroso. Ahí mismo, me soltó una bofetada en medio de la cara. Yo seguí gritando y en eso mi mamá entró al cuarto. Le empecé a decir que ese hombre me estaba mirando, le conté lo del hueco, lo de verme dormida, lo de entrar al baño, lo de la cortina. Incluso le dije: ¡mírale el pito, mira como lo tiene parado!»

Dice Ana Laura que su mamá, serenísima, la miró de arriba abajo y le dijo: claro que lo tiene que tener parado, él es un hombre y tú estás toda encuera frente a él, con esas patas medio abiertas como siempre andas. En ese momento Ana Laura se dio cuenta que ni se había vestido al salir del baño. La madre, igual de relajada, le dijo que ese hueco había estado ahí toda la vida y que difícilmente su marido se iba a estar poniendo a mirar algo por ahí y menos aún porque tenía problemas en la vista. Con la misma le alcanzó una toalla, le dijo envuélvete y vete a tu cuarto a vestir que ya vamos a comer. Luego de eso ella se fue a hablar con su papá, a contarle todo esto, a ver si la ayudaba, a ver si iba a darle tres puñetazos a su padrastro, a ver si dejaba que ella se fuera a vivir con él y su nueva familia un tiempo. Pero el papá le dijo que esas eran imaginaciones suyas. La montó en el carro y la llevó de vuelta a su casa. No obstante, subió, vio a su ex esposa y al padrastro, conversaron los tres sobre lo rebelde que se estaba poniendo Ana Laura y, para rematar, su mamá, entre risas, dijo que lo que ocurría era que la niña estaba celosa porque ya tenía casi quince años y seguía sin novio. Pero que igual no estaba molesta con ella, esa era una reacción normal en la adolescencia. La mamá de Ana Laura era psicóloga en el hospital Calixto García.

Yo le dije que se podía ir a mi casa, que mis papás no tenían problema en que mis amiguitas se quedaran a dormir, pero en la noche, mientras la esperaba, me llamó por teléfono y me dijo que no la habían dejado salir. Que no podía ir y que de nada valía escaparse. Luego de eso continuaron pasando las mismas cosas. En un punto ella dejó de pelear. Entonces, cumplió quince y automáticamente se encontró a un novio que casi le doblaba la edad. Con ese chico se juntó y a los meses tuvieron un hijo.

Cuatro años después me la encontré con su niño. Lo estaba recogiendo de la escuela a las cuatro y veinte. Se veía bien bonita con su uniforme de estudiante de medicina y el niño también con su uniforme de prescolar. Solo nos saludamos un poquito y ella se fue rápido porque tenía que entrar a prácticas, o algo así.  Me acuerdo que le pregunté por su mamá y me dijo: ahí. Luego por su papá y me dijo: ahí. Al padrastro ni lo mencioné. Al final le pregunté si estaba feliz y me dijo que mucho. Con eso me quedé tranquila.

De esto ya han pasado como diecisiete años y siempre esa historia vuelve a mi cabeza en momentos muy determinados. Por un lado, porque durante todo este tiempo he conocido muchas situaciones similares a las de Ana Laura. Chicas y chicos que me han confiado sus dolores y siempre he intentado apoyarlos de una forma más directa: llamar a alguien, hacer una denuncia, o por lo menos, intentar visibilizar la situación, hacerlos conscientes de que no tienen la culpa. Por otro lado, creo que esa historia vuelve y vuelve a mí en una especie de espiral interior que me retuerce y me hace sentir culpable. Porque yo nunca le dije a nadie sobre el problema de Ana Laura.  No le dije ni a mis padres, con los cuales siempre tuve una relación excelente. No le dije a mis hermanas, ni a mi sobrina, ni a mi abuela. Nunca se lo dije a la directora de la secundaria, ni a mi novio que era su amigo, ni al profesor de Educación Física, que era un mulatón que daba miedo pero nos quería mucho. Yo no le dije nada a nadie.

Tenía miedo, no sé a qué, pero tenía miedo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: