Cuando una persona es emigrante: historia de Yasser con dos eses

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Yasser es un cubano que conozco por pura casualidad. O no por pura casualidad. Quizás (me dice él, que es programador de existencias virtuales) nos conocimos porque hizo que nos conociéramos en esta realidad distópica que se da en redes sociales. Nuestra relación empática comenzó con mi pelo mojado secándose y una pregunta sobre las dos eses de su nombre. «Mi nombre tiene dos eses porque así es mi existencia, volcada en dos realidades distintas que se acoplan en un mismo concepto. Porque el nombre de uno es un concepto, el nombre de uno lo define». Eso escribía en lo que yo me secaba el cabello. La idea del acoplamiento, de algo que fusiona dos momentos que existen a la vez, me hizo pensar en que yo era Amanda dividida entre tres realidades que fluctuaban: la realidad de mi vida de encierro frío en Nueva Zelanda, la realidad de mi vida vinculada a Cuba por la migración no deseada, y la realidad de mi vida virtual en la cual tenía un blog y me hacía llamar El gato de Monique. Entonces dije sí, voy a ser su amiguita, voy a hablar con esa persona que se siente fragmentada, como mismo me siento yo. Luego de eso las pláticas se tornaron una intimidad tecnológica que para mí, recién salida de La Habana, significaban algo nuevo, pero para él, que llevaba ya tiempo estudiando una maestría en Buenos Aires, no era nada nuevo. También, en Yasser yo encontraba lo que me hacía falta en ese momento, un complemento que necesito para respirar: el estudio. A través de él yo vivía lo que era un máster, lo que era estar estresado entre publicaciones y congresos. Él vivía, a través de mí, lo que era la vida de alguien que debe trabajar y entender el trabajo como una necesidad de supervivencia y apoyo a la familia.

En ese entrecruce volé a México a estudiar una maestría y durante un tiempo vivimos en concordancia hasta que, dos años después, me llamó y me dijo que había cruzado la frontera por México, para irse a Estados Unidos. «Dejé, recién iniciado, mi doctorado. Trump iba a salir electo, quitarían la ley Pies secos pies mojados. Mi papá estaba en Miami sin trabajar. Yo quería sacar a mi hermano de La Habana. Buenos Aires estaba en candela. La situación económica no me permitía ayudar a nadie». Entonces, sin decirle ni a su familia, buscó un congreso en México, agarró un vuelo a Monterrey. Cruzó.

A partir de ese momento nuestras vidas dejaron de ser paralelas. Yo estaba entre trabajos y  trabajos académicos; entre congresos, artículos y conferencias. Él estaba enfrentándose a una vida de emigrante, en inicio ilegal. Esto lo hacía no pensar en lo que yo estaba pensando. Me llevó a reflexionar sobre las diferencias existentes entre una migración feliz, una migración con papeles establecidos, y una migración que requiere peligro, que requiere desprenderse, que requiere constancia titánica y el coraje durísimo de cruzar una frontera imaginal que la tierra no estableció, sino los propios seres humanos. Siempre he pensado que la tierra no es de nadie. Que nosotros más bien somos de la tierra y que por este egocentrismo extremo que nos consume dividimos, fragmentamos. Por eso las fronteras hoy en día son terrestres, son marítimas, son virtuales. No obstante, la primera ese de Yasser es relajada, no se abruma, no se incomodaba por pasar de escribir libros a trabajar en un Walmart doce horas en la noche. La primera ese de Yasser no reflexiona. No tiene tiempo de reflexionar. Pero luego salieron las conversaciones donde la oscuridad sí aparecía. Donde la felicidad no es solo el «ayudar a la familia», sino también ayudarse a uno mismo, que en su caso, como en el mío, requiere de esfuerzo intelectual. La primera ese de Yasser resolvió los problemas con migración mexicana; le pagó a la persona que preparó su viaje ilegal desde Buenos Aires, le pagó a los policías que le pidieron dinero para dejarlo llegar a la frontera de Reinosa sin deportarlo, le pagó al tipo que lo llevó en un carro hasta casa de su papá en Miami, pagó un boleto de avión para irse al norte de Estados Unidos, pagó a un casero para tener un departamento, pagó a la compañía que le envía dinero a su familia, pagó a la aerolínea con la que, dos años después, se fue a recorrer Europa. La primera ese de Yasser no piensa en nada: «echa palante». La primera ese de Yasser paga. Pero la segunda ese de Yasser se encontró con conceptos que no había pensado, a pesar de crear realidades virtuales. Se encontró con la disparidad de las migraciones, con el concepto de cubano balsero que llega al yanki: que no se va de Miami y que vive del invento. Se encontró con querer salirse de ese concepto. Se encontró con frases que nunca pensó decir en su vida: «hola, soy cubano y vengo a pedir asilo político». ¿Asilo político, por qué? Él no tenía problemas políticos, él no entendía de política, él no entendía qué significaba, en su contexto, una palabra tan grave como lo es asilo. «Tanto fue así que cuando llegó el momento, en la frontera, donde yo tenía que decir eso, no pude. Por suerte había dos cubanos más antes que yo que la dijeron y cuando me tocó a mí, respondí: yo vengo a eso mismo». La segunda ese de Yasser es profunda, muy profunda.

Ilustración: Devenir Collage

Los cubanos tenemos una cruz encima llamada insularidad segundomundista. Nosotros no conocemos otra cosa que no sea el mar. Nosotros amamos el mar. Nosotros respetamos el mar. Nosotros le tememos al mar porque no es sólido. El mar te hunde. El mar significa la puerta a lo desconocido y el hundimiento existencial porque «si te tiras te puedes hundir, y si te detienes a mirarlo te consume el deseo ante lo desconocido». Dice él que la tierra, la frontera dura, le permitió decidir emigrar ilegalmente. Tiene un primo que se tiró al agua para llegar a la Florida y que, por suerte, llegó. Pero tiene un montón de amigos que no llegaron. Y más doloroso que un cuerpo descompuesto en el fondo del mar, es la convivencia con los cuerpos que se quedaron en tierra, esperando a aquel que se lanzó y que nunca llegó. El que se queda puede esperar indefinidamente por la llegada de ese alguien, y puede esperar en el hundimiento total, la forma en que el mar escupirá ese cuerpo. «Por eso, si partir de Cuba hubiese representado agarrar un bote, una llanta, una lancha e irme, nunca lo hubiese hecho. No solo por mí, sino por mi familia. Esa es una zozobra inaguantable; pero bueno, pude hacerlo por tierra y ya está. No me arrepiento, y aquí estoy ya trabajando en mi profesión después de tanto esfuerzo».

Esa otra ese de Yasser hay veces que me entristece. Ya les dije, es demasiado profunda. Yo tengo una hermana que emigró, yo tengo otra hermana que emigró, yo tengo una sobrina que emigró, yo tengo una amiga que se lanzó al agua y llegó, y tengo una amiga que no llegó. Yo sigo en contacto con la madre de esa amiga. Yo veo su cara cada vez que voy a Cuba. Yo siento su alegría de ver que regreso, cada cinco meses, a visitar a mis padres, a visitarla a ella. Y yo siento su fantasía de que yo soy su hija que llegó y que está estudiando un doctorado.

La migración es un proceso que, sea como sea, arde en el pecho. Arde mucho. En México la gente también emigra feo. Se emigra con coyotes, se emigra en una bestia que te puede desprender el brazo. La tierra también puede ser un océano que descuartiza. Que descuartiza por dentro y por fuera. Por eso, cada vez que me abrumo ante el estudio, ante las conferencias, ante las clases que dicto, me vuelvo una conjunción de las dos eses de Yasser. Me vuelvo práctica, y a la vez, siento que hay muchas vidas que se están desplegando a través de la mía, y que yo soy parte de muchas vidas que se están creando. Una persona que espera el momento. Un niño que crece.

Este es un texto que duele.

 

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