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Carmen: los cuidados y la pandemia

Ilustración: Abel Puente Cotilla

Se han ido muchos seres queridos: madres, padres, hermanos, hermanas; también abuelos y abuelas. En España, la Covid-19 ha dejado 19 mil 168 víctimas mortales en las residencias de tercera edad. La última imagen que guardamos de ellos es de antes del confinamiento. No nos hemos podido despedir.

Carmen llegó desde Ecuador hace 26 años, es una de las tantas latinoamericanas que trabajan como auxiliar de geriatría y que han tenido que compartir parte de su confinamiento con los mayores de la residencia en la que trabaja.

«Este virus ha sido muy agresivo con los más frágiles. Hemos sentido miedo, impotencia, tristeza… Muchos de los fallecimientos eran inesperados, empeoraban de repente y no podíamos atender con tanta rapidez a todos, dedicarle a cada uno el tiempo que necesitaba».

En su casa están sus dos hijos con los que repasa todos los días la lista de tareas, les recuerda la hora de la videoconferencia con la tutora del instituto, e intenta ayudarles para que sigan el ritmo de sus estudios.

«Me quedo tranquila sabiendo que no salen a la calle. Cuando vuelvo del trabajo, intento tener el máximo cuidado: al principio se reían de mí al ver que me desnudo en el pasillo de la entrada y me voy directa a la ducha, después les doy un beso. Ellos no entienden la gravedad de la situación, no lo han vivido en primera línea…

«Siempre lamentamos la pérdida de algún residente, porque al final es como si fuéramos familia. Los ves cada día, compartes con ellos actividades diarias: comidas, paseos, consultas médicas… te cuentan sus vivencias y sus preocupaciones… Despedirse de tantos de ellos tan sorpresivamente y en tan poco tiempo es un agotamiento moral, físico. Lo llevamos en nuestro cuerpo y en nuestro corazón.

«Cuando empezó la cuarentena, en la residencia se suprimieron todas las actividades colectivas y cada uno se quedó aislado en su habitación. Era difícil trabajar así, el encierro les produce cierta desorientación y hastío, llegan a ser agresivos y a perder habilidades.

«Me acuerdo que Dolores ya no quería comer, no entendía por qué sus hijos no venían a verla y le dije: si no te mantienes en pie ¿cómo vas a pasear con tus nietos? Tienes que hacer el esfuerzo de comer si los quieres. Así conseguía que comiera cada día.

Con Antonio tuvimos suerte: cuando volvió del hospital con bajo peso, su mujer no le quiso dejar solo, pese al riesgo, y se confinaron en la misma habitación. Cada día le animó a comer y a recuperarse. Si no comes, me voy y no me volverás a ver. Me voy a jugar al bingo y a dar una vuelta, le decía.

«Elena estaba muy abatida porque ya no había baile, ella fue maestra y siempre estaba cantando y bailando. Al verla tan triste se nos caía el alma a los pies. Contactamos con su hija y le mandó una radio ¡Qué alegría le dimos al dársela! Ahora, aunque está sola en su habitación, sigue cantando y bailando.

«Eso es lo que hemos intentado hacer, cambiar lo menos posible su confort diario, llevar hasta el último momento el mayor bienestar y la mejor atención posible.

«Cuando no teníamos los equipos de protección necesarios sentía mucha angustia, no quería infectarme y tener que quedarme en casa: me siento mejor contribuyendo, poniendo mi granito de arena, para que otra persona se recupere. Quise en todo momento estar al lado de mis compañeros, su profesionalidad ha simplificado un problema que era muy complejo».

En el trabajo de Carmen ya cuentan con protocolos y circuitos bien definidos: Al entrar hay gel desinfectante y de la entrada solo puedes ir al vestuario. «Los uniformes al final de cada turno los metemos en doble bolsa y los echamos a lavar, de manera que siempre están limpios.

“Tengo también mi caja de guantes y mascarillas y si hay que entrar en la zona de aislamiento, con las personas enfermas, cuento con un mono de protección desechable. A la salida, antes de quitarme la protección me desinfecto de arriba abajo con agua con lejía».

Las pequeñas cosas y los pequeños gestos han reafirmado su importancia en estos meses: el valor de la familia y de los amigos, un abrazo, una caricia, un apretón de manos… es lo que más hemos echado en falta. Las gerocultoras, quienes cuidan y asisten en las residencias geriátricas, intentaron suplir estas carencias con su dedicación, lealtad, sacrificio y amor.

Como Carmen hay muchas auxiliares de geriatría que cuentan su día a día en el trabajo con una sonrisa: resaltan los buenos momentos y los logros conseguidos en la atención a las personas de la tercera edad. Lo cierto es que, a estas profesionales –en España el 90% son mujeres–, la pandemia les ha encontrado en medio de protestas.

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Desde antes de la emergencia sanitaria por el nuevo coronavirus, venían declarando que «están hartas de ser las olvidadas; cansadas de remar contracorriente con sueldos bajos, condiciones precarias y escasez de profesionales y material médico».

Los sindicatos habían denunciado la desprotección que sufre esta profesión feminizada y las malas condiciones laborales, con sobrecarga de trabajo y fuerte desgaste personal: mil 792 horas al año, jornadas de 7 días seguidos, tiempos cortos en la realización de sus tareas, ratios altos de correspondencia entre cuidadora y número de mayores (pocas cuidadoras para una alta demanda de cuidados)… Tienen que levantar a los ancianos, asearles, vestirles… todo eso en 15 o 20 minutos, y hablamos de personas con poca agilidad y dependientes.

Por otro lado, los convenios admiten el cambio de parte de sus funciones según las circunstancias lo requieran, lo que deja poco margen para la defensa de estos profesionales. Todo ello en un sector que no deja de crecer por la alta demanda de estos servicios, lo que ha llevado a convertir el cuidado en un negocio rentable, según advierten los sindicados.

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Con los primeros brotes de coronavirus, en la mayoría de las residencias los insumos llegaron tarde. Han tenido que utilizar bolsas de basura como protección, no había suficientes mascarillas, etc. Muchos de los profesionales se han contagiado y han causado bajas, aislándose en sus viviendas y poniendo en peligro a su familia.

La Covid-19 sacó a la luz esas y otras carencias del sistema de cuidados, entre ellos la asistencia a domicilio, con un gran porciento de trabajadoras latinoamericanas. En muchos casos las condiciones y los derechos de estas empleadas tampoco son idóneas.

Con la pandemia llegó el confinamiento de 24 horas en el domicilio donde trabajan, el aumento de las tareas, cuando los salarios en muchos casos no llegan al mínimo y no reciben pagos extra. Con frecuencia estas trabajadoras no tienen un estatus migratorio legal, no han firmado un contrato laboral y como consecuencia no tienen acceso a la atención sanitaria u otros derechos sociales.

La mayoría han dejado su país natal para ayudar a su familia y han visto una oportunidad en el cuidado a domicilio, pero tienen miedo a enfermar, a salir a la calle por no tener «papeles», a quejarse y a perder el trabajo.

Las asociaciones reclaman para ellas los mismos derechos que para el resto de los trabajadores. Ellas han atendido un grupo de riesgo cuando más lo necesitaba, cubriendo donde las administraciones no llegan y en muchos hogares son esenciales, pero se sienten invisibles, despreciadas.

Las predicciones son claras: hacia el año 2050, en España los adultos mayores serán dos veces más que los niños. Nada más necesario y justo que proteger a quienes cuidan de los más vulnerables y aseguran su bienestar.

 

 

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