Con/texto Magazine

La «gaydad» circunstancial: historia de Vladimir

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Hace unos días Vladimir me escribió que la homosexualidad podía ser producto de la circunstancia. Que sí, que hay gente que nace así, que hay gente que está, de plano, en un cuerpo equivocado, pero que la «gaydad» puede ser circunstancial, que la gaydad puede ser provocada, que la gaydad, como todo en el mundo, también responde al precepto orteguiano tan conocido en el que “yo soy yo y mis circunstancias”. Luego, agregó que la gaydad circunstancial es tan real, es tan fuerte, es tan profunda y potente como cualquier otra manera de entenderla.

Recuerdo el día en que me dijo que era gay. Estábamos en el mar. Había mucho calor, la arena se movía llena de basuritas. También había un pequeño parque de diversiones, y también unas figuras de hombre y mujer, marineros, con un hueco en el rostro, donde uno podía tomarse una foto. Entonces Vladimir, con su cara de hombre, metida en un cuerpo acartonado de mujer, me dijo: Pst, pst, tengo que contarte algo. Debo reconocer que de todas las personas que me han comentado sus preferencias sexuales (y que han sido muchas), él fue alguien de quien realmente no me lo imaginé. Incluso pensé, en algún momento, que él estaba enamorado de su mejor amiga, que a su vez yo decía que era mi «jevita», y por eso creo que siempre lo vi a él como un jevito indirecto por estar enamorado de mi jevita. En fin, que, en ese trabalenguas, nunca me pasó por la cabeza la gaydad. Hasta que me contó. Pude sentir lo significativo que era para él confesar algo así. Pero por lo mismo de que Vladimir siempre ha estado envuelto en mi trabalenguas existencial, no encontré nada asombroso en su noticia, más bien me alegré y me dio risa al pensar cómo se lo había guardado por tanto tiempo.

La gaydad circunstancial, en su caso, comienza con el silencio. De niño lo violentaron, no dijo nada. De adolescente su papá quiso «corregirle la flojera» a la vez que no figuraba como papá. No dijo nada. Ya más grande las cosas no mejoraron mucho porque a medida que uno crece, las máscaras se multiplican y el silencio aumenta, aunque parezca lo contrario. Por eso –me dice– yo siento que, a pesar de mis inclinaciones, mi decisión definitiva de asumir silenciosamente lo que yo era, fue a causa de la falta de personas en quien confiar, de guía, empezando por mi propio entorno familiar y extendiéndose esto a mi circunstancia social. Porque digan lo que digan, y aunque ahora hay más apertura, menos prejuicio, Cuba siempre ha sido un país muy homofóbico, machista y patriarcal.

Ilustración: STR

 

Y a eso hay que sumarle -–agrego yo, Amanda,– que las políticas de terror que durante tanto tiempo hubo contra las personas de otra orientación sexual –no heterosexual–, contribuyen a que, años después, uno siga cargando con el estigma de «eres maricón y aquí te vamos a reformar a la fuerza». Es por ello que la gaydad circunstancial de Vladimir está asociada al silencio. Ser gay, hasta hace muy poco tiempo era sinónimo de silencio. Y todavía, en muchos lugares, lo sigue siendo. Y para finalizar, Cuba en toda su dimensión, es silencio.

–Creo que por todo eso elegí la profesión que elegí. Ser fotoperiodista me ha dado la oportunidad de conocer lugares que nunca imaginé visitar, de captar momentos que parecen intrascendentes, pero que no lo son. Sobre todo, la fotografía periodística, el audiovisual en general, me ha hecho darme cuenta de que el mundo tiene una variedad de matices increíbles y que sí se puede ayudar a la gente de múltiples formas. También es interesante ver los problemas que te buscas por hacer ese tipo de cosas. Porque ya de repente no solo era homosexual, sino reaccionario del gobierno. Es muy fácil caer en etiquetas, me molestan mucho. Yo no quiero estar dentro de una etiqueta. He luchado mucho contra eso.  Yo soy un océano.

Vladimir es de esas personas con las que me gusta platicar y platicar. También es una de esas personas que me gusta abrazar y ser cariñosa, cada vez que lo veo. A eso le podría sumar que legítimamente soy seguidora de su trabajo. Me gusta compartirle películas, lecturas, música, las cuales sé que él reinterpretará en imágenes. También me gusta esta idea de la gaydad que compartimos de manera tan particular.  Y cuando él no ha podido hablar, he intentado ser una de las tantas personas que reclaman y denuncian, a través de él y por él. Es lo que se ha ganado a lo largo del tiempo.

Ahora, mientras escribo y rememoro aquel día en la playa, puedo sentir cómo se movía el mar, esa tarde de calor. Las olas sonaban de forma tal que parecía que se tragaban las unas a las otras. Estábamos llenos de sal y arena. Y estábamos muy felices.

Fue la circunstancia, podríamos decir.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: