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El corazón es un órgano partido en dos: la historia de Raquel cuando era monja

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

El corazón es un órgano que fácilmente se parte en dos. Esa sutura que se crea entre ambas partes, esa sutura que reconcilia esos dos pedazos, esa sutura unificadora, no se llama amor, no se llama paciencia, no se llama tiempo: se llama odio.

Alguna vez escribí en un cuento —le contaba yo a Raquel— que el odio es un sentimiento que ayuda a crecer. Yo siento mucho odio en mi corazón, yo siento mucha rabia en mi corazón, yo siento, habitualmente, que la grieta en el centro de mi corazón se vuelve un nido de cucarachas donde se mueven como desquiciadas y provocan una especie de conversación interior que no me deja descansar. «Entonces, Raquel, ¿qué hago para amainar eso?»

Ella respondió con una palabra: Dios.

Claro, para Raquel es muy fácil decirme eso porque sabe que la admiro demasiado y la escucharé, que le haré caso, que me volveré lo más sumisa que pueda ante su comentario. Porque ella fue monja un tiempo y le dieron elementos suficientes en la vida para odiar hasta las vísceras, para casi asesinar, y convirtió todo ese instinto en una fe casi perfecta. Y digo casi perfecta, porque la fe, en su estado puro, es una forma de entender la represión.

Yo conocí a Raquel gracias a nuestra afición compartida por la religión y de repente, terminó siendo mi profesora en un diplomado de teología. A partir de ahí, desarrollamos un interés mutuo por la vida de la otra. Una parte de mí estuvo casi segura de que sería monja en algún momento. Una parte de ella escondía una pasión desmedida por la filosofía mundana. Esa combinación se convirtió, fácilmente, en un nicho de confesiones que pasaba de lo afectivo a la necesidad de destrozar al mundo y a aquellos que habitan el mundo. Pero siempre Dios estaba presente como una figura unificadora, una manera de aceptar y comprender.

Ilustración: Mup

Cuando era adolescente, Raquel decidió irse al convento porque pensó que ese amor a Dios que ella ya tenía dentro, se iba a materializar en la institución. Pero allá comenzó a entender que nada puede hacer que esa revelación material de Dios se dé, y que mientras más la busques, más te romperás la cabeza con lo contrario y más tendrás que llegar a un consenso entre el sentimiento de fidelidad y el de decepción. Porque Dios, cree ella y creo yo, es dialéctica.

Lo primero con lo que Raquel se topó (o al menos así lo interpreto yo) es con la envidia sí encarnada en un cuerpo: Celia. Ambas compartían habitación y estaban encaminadas a ser monjas de claustro, lo cual requiere un estilo y apreciación de la existencia muy determinada. Las monjas de claustro son devotas y albergan puro conocimiento y amor en sus corazones. Pero Celia no podía albergar puro amor hacia su compañera; cuando Raquel aún se mostraba optimista y feliz ante el mundo, a Celia la había violado su cuñado.

Esto hizo que, como niñas de preparatoria gringa, una quisiera destruir a la otra, manipular a la otra, volver, literalmente, un infierno la vida de la otra. Y el problema es que, aunque Raquel tenía mucho amor para dar, Raquel era iracunda, tenía un carácter explosivo, tenía la vara bien corta ya que, a pesar de sentirse feliz, a ella también le habían pasado cosas horribles, tan horribles o peores que una violación.

«Dios, entre otras cosas, se manifiesta precisamente porque la existencia implica un grado de dolor y maldad que solo Él puede voltear y suturar —me comentaba—; eso no impidió que esa niña me desquiciara con su hipocresía y sus deseos de destruirme. Te confieso, muchas veces quise matarla, quise desaparecerla y lo único que pude hacer fue aventarle una bandeja de pan recién hecho. Ese día me terminaron acusando a mí, porque ella lloraba delante de las otras monjas, delante de las profesoras. Me echaba la culpa, decía que era yo quien hacía su vida un infierno, mientras en los momentos en que las monjas me regañaban, ella me miraba con odio y se reía. Celia tenía a Satanás dentro. Celia no podía sentir amor por nadie y aunque ya creo que la he perdonado algo, Celia hizo que mi experiencia vital en el convento estuviera fracturada». Celia —terminó diciéndome— era una perra. Se dio un buche de cerveza.

Hace unos años que Raquel ya no está en el convento porque las mandaron a todas para sus casas. Resulta que alguien estaba desviando fondos y de repente la casa de Dios, la casa de la pureza, la casa de la santidad, se vio envuelta en un problema legal con acusaciones de robo y malversación de fondos. Y es que una de las monjas, encargada de la administración, empezó a desviar dinero para construirse una casa. (¿Para qué rayos una monja quiere construir una casa?). Por cada rata nueva que había en el convento, la monja ladrona construía un cuarto más en su casa que albergaría no sé a quién. Entonces, cerraron el convento. Le dijeron a mi amiga que llamara a su tío para que la fuese a buscar y con esto se acababa el período eclesiástico en ese lugar. Ahí, Raquel conoció la decepción: la decepción cruda y despiadada que provocan las instituciones si llegas a confiar en ellas. Yo nunca he creído en las instituciones, me dan asco, las aborrezco, a pesar de ser parte de muchas y convivir en muchas y sonreír en muchas. Mi sonrisa, como la de Celia, semeja hipocresía. Pero es que yo siempre he sido una amargada y Raquel no. Por eso es difícil que entienda que a mí, esa parte de su historia, me provoque decirle: lo sabía.

Para rematar, una de sus compañeras de convento, una que sí era su amiga, quiso regresar a su pueblo y no la dejaron entrar porque una monja que sale de un convento, en algunas comunidades mexicanas, se convierte en sinónimo de maldición para toda la comunidad. Entonces, su compañera se quedó sin hogar y se tuvo que ir a vivir con mi amiga, porque si no, ¿a dónde se iba a ir? Con ello, Raquel conoció la exclusión a través de la hermandad que provocan ciertas amistades.

Volver a las dinámicas mundanas hizo que se catalizara ese proceso atemporal en que ella iba conociendo las grietas del corazón. «De un tirón aparecieron el despecho, el rechazo, el cinismo, aunque la verdad —me dice ella—, no es igual verlo cuando estás fuera. Entiendes que es normal que ocurra todo eso porque en el mundo no conocen a Dios realmente, no sienten a Dios realmente, por lo menos no como lo siento y lo entiendo yo».  De esta forma, Raquel justifica a las personas a través del conocimiento que ella tiene, pero a las del convento, a Celia, a la monja ladrona, a esas no las justifica porque esas sí conocían a Dios. Supuestamente… Y así se fue adaptando a un mundo nuevo que la hizo terminar interesada por el conocimiento, por las ciudades y por mí, que soy nada.

Me gusta la imagen de un corazón dividido en dos porque siento que Raquel, como yo, tiene el corazón partido irremediablemente. No de una forma romántica como se suele entender esta metáfora, sino como reflejo de una dualidad encarnada que coexiste y, repito, se vuelve dialéctica. La dialéctica aparece, en el caso de Raquel, gracias a la fe y a ese odio que, como dicen los boleros, se torna amor. En mi caso, gracias a las cucarachas que van inundando esa fractura; la llenan, no dejan espacios huecos para la materialización del odio.

—Lo importante es que ambas sabemos vivir con esa dialéctica —le digo.

—Lo importante es que cada una ha encontrado una forma conciliadora de entender nuestras vidas —dice ella.

Gracias a Raquel yo entendí cómo sentir a Dios y por qué tenemos fracturas.

Un comentario sobre «El corazón es un órgano partido en dos: la historia de Raquel cuando era monja»

  1. Mi niña tienes ese Don como escritora que vas llevando al lector a involucrarse en el drama y llegar a estar de acuerdo .Eres genial

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