Con/texto Magazine

La maestra

Ilustración: Abel Puente Cotilla

Esta es una historia.

Mi nombre es Marcela Silva[1], oriental de Uruguay, 44 años, casada, tres hijos. Tengo una historia, una historia igual a tantas otras, que contar.

Soy maestra de primaria. Con esto del virus, hace un mes que no voy -que no vamos- al colegio. Estamos en aislamiento, cuarentena. Como todos.

Acá, hasta el 20 de abril, tenemos 543 casos confirmados y doce fallecidos.

No llevo tan mal esto, la verdad. Estoy a full de trabajo. En casa tenemos terreno grande y podemos ir fuera. Nos descargamos haciendo de todo, arreglando lo que necesite ser arreglado, cortando el pasto, limpiando, pintando, cocinando. Tenemos la tecnología para entretenernos también.

Trabajo en una escuela pública del estado categoría Aprender, que son las escuelas de contexto sociocultural crítico o situación socioeconómica vulnerable. Hay familias monoparentales, madres jefas de hogar -muchas dependen de los inestables ingresos de un trabajo informal-, padres desconocidos o presos; puede haber gente adicta a la pasta base que es una cosa que queda, lo más tóxico y dañino, de la preparación de la cocaína. En fin, lo que acá llamamos entorno carenciado. Doy clase en el turno de la mañana. Veinticinco niños para mí sola. Y vengo con este grupo desde el año pasado. Hace un curso estaba más difícil, porque era primer año, venían del jardín, había niños repetidores, para ellos eran muchos cambios, en fin…

Para poder sobrevivir todos tuve que vincularme más con las familias, hacer una investigación de cada una y, bueno, tomar sus potencialidades. Así formé un grupo de WhatsApp con las madres y los padres, sobre todo las madres. Algo muy delicado, porque, primero, no es formal y, segundo, muchas veces los vínculos que tenemos con las familias son difíciles. Más aún, con las familias de contexto crítico.

Fue una buena idea. Logré involucrar a todos, a casi todos. Ahí la remamos juntos. Cuando empezó esto del coronavirus el grupo fue muy útil: yo enviaba las tareas, las madres me consultaban y me mandaban de vuelta fotos del paso a paso. Luego nos habilitaron en la plataforma CREA del Plan Ceibal[2], del Estado, les enseñé cómo usarla para que hicieran los deberes por ahí. Usar este tipo de herramientas es un problema para muchas de estas familias porque no tienen acceso a internet, o no tienen computadoras, o las tablets que el Estado dio gratis el año pasado las tienen rotas, o se las robaron…Logramos conseguir equipos para algunos y darles acceso.

De veinticinco niños están conectados veinte o un poquito menos. El desafío que tengo ahora es contactar a todos. A los más vulnerables. Lo que pasa con esto del virus es que las diferencias sociales cada vez son más grandes: los que tienen recursos e internet pueden seguir el ritmo, pero los demás siempre se van quedando.

¿Qué he hecho durante este mes? Bueno, para que estemos más unidos, para no perder el vínculo con los niños, para apoyar a los padres, he creado challenges cada semana. Pueden ser, yo que sé, bailar, cocinar, saltar la cuerda, lo que se me ocurra en el momento. En general ellos, por suerte, me siguen la corriente. «Los deberes locos de esta maestra», dicen. Eso hace que estén motivados. Yo me muestro como soy. Ya me conocen y me siguen en la locura.

A la vez, como en mi escuela no hay maestros de apoyo, he tendido redes y contactado con otras instituciones que me pasan trabajo virtual para los niños con discapacidad. Coordino con la profesora de Educación Física, acá estoy persiguiendo al profesor de Música que no maneja para nada las tecnologías, él es muy artista, muy hippie, y entonces voy a ver cómo engancharlo para la semana que viene.

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El presidente electo, Luis Lacalle Pou, dijo el 8 de abril que se prevé el comienzo de clases con asistencia voluntaria «para 973 escuelas rurales fuera del departamento de Canelones». Por su parte, la Sociedad de Medicina Rural (Someruy) mostró preocupación por la reanudación: «La gran mayoría de los docentes deben trasladarse desde la zona urbana donde residen hacia donde ejercen. Lo cual aumentaría lo riesgos de contagio viral en un lugar donde los servicios de salud no abundan». En algunas de esas zonas solo existe un médico por 3 mil 500 habitantes, dijo la Federación Médica del Interior (FEMI) en una nota de prensa.

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El estado acá ya quiere abrir de a poco las escuelas rurales. Eso me parece contradictorio con lo que ellos mismos dicen de «quédate en casa». Lo mismo que yo piensa el Ministerio de Salud Pública. Creo que quieren hacer prensa. ¿Viste que en Dinamarca hicieron cincuenta días de cuarentena y ahora están reiniciando las clases? Capaz quieren tener la primicia como ellos. Proponer el inicio de curso solo en las escuelas rurales parece discriminación. Tratar a más de 900 escuelas rurales como si fueran todas iguales parece falta de información. Lo bárbaro sería las mismas garantías para todos los niños, maestros y auxiliares.

Lo otro es la presión que ejercen los padres de colegios privados. Están exigiendo más horas de trabajo virtual por parte de los docentes.

Muchos privados cobran cuotas muy altas, de 20 mil pesos por estudiante[3], y las familias se quejan porque tienen que ayudar a sus hijos a hacer las tareas. Familias que siempre tuvieron ocho horas de colegio y «empleadas domésticas», más niñeras, más equipos multidisciplinarios, y ahora se ven con que todo es virtual y no les gusta encima pagar. Nada que ver con la escuela pública, que los maestros trabajamos horas extra gratis.

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En medio de este escenario donde crecen las brechas, o como mínimo se hacen más visibles, el expresidente y ahora senador del Frente Amplio, José Mujica, celebró la solidaridad de sus compatriotas al repartir comida ante los más necesitados: las ollas populares –así les llaman- son «el Ministerio de Socorro más importante con que cuenta Uruguay», dijo.

El sitio web del periódico La diaria invita a colaborar con estas iniciativas de la sociedad civil. He aquí un ejemplo: «En el corazón de Montevideo, la Ciudad Vieja, la olla solidaria se arma los sábados y domingos al mediodía en el cruce de Pérez Castellano y Sarandí. Aceptan donaciones de alimentos no perecederos y productos sanitarios»

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En el colegio cada tarde se reparte comida. Algo simbólico. Es una bandejita nada más al día. De 370 alumnos van 150 a buscar. A mí me toca mañana ir a hacer guardia y repartir las viandas. Me da un poquito de miedo. Hace un mes que no salgo y quieras o no es estar en contacto con mucha gente. Las ollas son el apoyo de muchas familias que no tienen nada. Trabajadores informales que viven al día o que están en paro con este virus. En mi barrio hay bastantes ollas, sí.

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Dice El observador de Uruguay: «La informalidad laboral se mide a partir de la Encuesta Continua de Hogares, realizada por el Instituto Nacional de Estadística. La última medición de 2019 estimó que el 24,9 % de los trabajadores ocupados son informales, una cifra equivalente a más de 400 mil personas».

La creación de un subsidio equivalente a un salario mínimo nacional por el tiempo que dure la cuarentena es una de las principales medidas sugeridas al gobierno por el Frente Amplio. Serían 12 mil 800 pesos uruguayos después de descontar pagos a la seguridad social. A enero de 2020, el salario mínimo era de 16 mil 300 pesos, cerca de 380 dólares.

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¿Cómo es el barrio? Bueno, acá vemos mucho la brecha social. Edificios grandes, modernos, urbanizaciones con verja de seguridad conviven con asentamientos irregulares y tugurizaciones. Son asentamientos precarios, dedicados principalmente a la reclasificación de la basura y a la cría de animales para consumo o venta. En algunos no hay servicios básicos. Allí las casas son de chapas, de maderas, de cartones. Hay contaminación. Son recurrentes las situaciones de violencia. Sin duda, algunos pasan el aislamiento mejor que otros.

Y es duro ser niño y vivir en medio de aquello. El otro día una madre me escribió:

«Hola Marce. Disculpe que la moleste. Anoche mataron al padre de la nena. No sé cómo decirle. Ella era muy apegada a él».

El padre, un muchacho, narcotraficante, con antecedentes penales. ¿Sabes qué es lo más difícil? Que te pregunten. Que te digan: «¿qué hago, maestra? ¿Llevo la nena al entierro o no la llevo?». Y no saber qué responder. Estar de momento en esa situación,  tan difícil e inexplicable, que te pregunten algo así por WhatsApp, a las siete y media de la mañana, una madre, en el medio de una pandemia ¡Dios mío! Aconsejar a alguien que ni siquiera conozco. Sentís tantas cosas.

Más tarde, la madre, volvió a escribir:

«Marce, la nena está muy mal. Cree que le miento».

 

 

 


[1] Cambiamos el nombre para proteger la privacidad de la entrevistada

[2] Plan Ceibal se creó en 2007 como un plan de inclusión e igualdad de oportunidades con el objetivo de apoyar con tecnología las políticas educativas uruguayas.

[3] Actualmente, cerca de 460 dólares estadounidenses

 

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