Con/texto Magazine

Ni el Covid-19 podrá matarme; soy caballero de las siete vidas: historia del Memelosky

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

El 26 de marzo estaba yo en mi casa conversando con el Memelosky. Entre charla y charla ya se había comido cinco rebanadas de pizza, cuatro copas de vino y media botella de tequila. ¡Ah!, y un café, para no dormirse. Nos habíamos reunido para aprovechar las últimas horas de no-cuarentena. Supuestamente, íbamos a estar todos trancados en nuestros departamentos. Supuestamente, las calles estarían vacías gracias a la responsabilidad de los ciudadanos. Supuestamente, en quince días, todo volvería a la normalidad porque todos íbamos a ser muy responsables. Supuestamente.

-No obstante, Memelosky, hay que hacer la cuarentena, hay que cuidarse. Porque si a mí me da esa cosa, a mí se me va a quitar. Pero si a mí me da esa cosa y veo a alguien ya más viejito (como tú, por ejemplo) y le pego esa cosa, ahí sí no hay remedio. ¿Entiendes? Esa es la responsabilidad que hay que tener ahora. No pensar en uno, que todavía aguanta, sino en los otros.

-Ah, pero si te preocupa que me pase algo tú tranquila, yo tengo siete vidas, yo aguanto lo que sea.

Cuando el Memelosky tenía cinco años se tragó una canica. Por aquellos días él acostumbraba a meterse canicas en la boca y las iba escupiendo de una a una, para ver hasta dónde llegaba su escupitajo sólido. Ese día su papá y su hermano estaban viendo un partido y, de repente, gritan GOOOOOLLLL. Con la bola que le quedaba dentro de la boca intentó gritar y ¡pum!, se la tragó. La canica se le quedó atorada en la garganta. Empezó a dejar de respirar. A esa hora lo llevaron a urgencias, y en lo que esperaban (porque las urgencias, en un hospital nunca son urgencias) empezó a intentar tragarla completamente. Dice Memelosky que por cada intento de tragarse bien la canica, le pasaba por la cabeza un fragmento de su vida, de su corta vida, de su vida vivida solo cinco años. Pero él ya vivía, él ya tenía una historia que contar, él ya tenía recuerdos. Y cada uno comenzó a cruzarle por la cabeza: se le colaba por la nariz, bajaba hasta las cuerdas vocales y de ahí, pujaba y pujaba para desatorar la bola. Al final, la canica rodó. Y ahí se quedó, dentro de él, como recordatorio de que casi se muere. Todos lloraban y agradecían a Dios porque el niño Memelosky no se hubiese muerto.

Luego, con cuarenta y dos años, tuvo un accidente con su madre. Iban por Periférico y la veinticuatro sur. Chocaron contra un camión de carga. El impacto fue directo. De nuevo los recuerdos, la vida, la historia de cinco años más treinta y ocho. De nuevo Urgencias, de nuevo la espera en Urgencias. De nuevo los recuerdos metiéndosele dentro, reparando todo lo que se hubiese podido dañar. De nuevo, el llanto, el agradecimiento y Dios.

–Ese día no murió nadie, aunque sí murió el aprecio de mi madre por ese maldito Periférico, “lo odio, lo odio”, decía. Y en mí murió una vida, una más de las siete que tenía.

Hace dos años se metieron en su casa a robar. Dos ladrones. Dormían él y su esposa. La esposa abrió los ojos y le estaban apuntando. La esposa grita. El Memelosky despierta. El ladrón que apuntaba retrocede, asustado. El Memelosky es muy grande. El Memelosky está fornido. El Memelosky tiene una panza que establece distancia y terror. La esposa se mantiene en la misma posición. Pero el Memelosky salta de la cama para protegerla y ahí vino, desde la puerta de la recámara, el disparo. De nuevo los recuerdos, la historia, la vida, vida que ya no solo era suya, sino de su esposa, de sus dos hijos, de su casa, de sus mascotas. Urgencias, operación. La bala perforó el intestino delgado, el cual tuvieron que cortar. Estado crítico, estado normal, sala de reposo. Dios y el agradecimiento, el agradecimiento y Dios. Dice el Memelosky que durante el proceso viajó hasta un tiradero de coches. Él estaba dentro de uno. Cuando ya iban a aplastar la chatarra, sus familiares muertos se le aparecieron y le dijeron que saliera, y justo saltando aplastan la chatarra. En eso despertó.

Una vez más, la libré -me cuenta, teatralmente.

Durante los días que estuvo en reposo, agonizó un poco y continuó viendo a su familia muerta, a sus amigos muertos, a niños que quizá habían fallecido ahí mismo. Siete días después ya estaba en casa y presumía una cicatriz que atraviesa la panza. Parece un ciempiés, o una escalera que lo lleva de la oscuridad a la luz, o por lo menos eso pienso yo cada vez que la veo. Es una herida de guerra, una cicatriz de esperanza. De que se puede salir de lo malo, de lo malo que fractura el cuerpo. La mente, los traumas, los pensamientos, ya son otra cosa, pero si al menos el cuerpo soporta, la vida continúa, y las historias y la memoria.

En febrero se cayó del autobús. Aquí la gente maneja como locos. Aquí la gente está loca. Tanta represión en el carácter, tanta doble moral, hace que los sentimientos se tengan que sacar de alguna forma. Aquí se saca a través del manejo, de la fiesta y del alcohol. Entonces, el Memelosky intentó bajarse y el chofer al no frenar bien lo dejó caer. Esta vez no hubo Urgencias, pero sí el impacto que hace que los recuerdos vuelvan. Poco a poco se levantó y se fue a casa, orgulloso de que, una vez más, la había librado.

-¿Sabes cuánta gente se muere así? ¿Sabes, sabes? Miles. Y yo no. Yo tengo una armadura de gente del más allá que me protege.

Todas estas historias me las contaba, de nuevo, entre risas, mientras se echaba un trago.

-Entonces, ¿no te preocupa esta cosa del virus?

-Sí me preocupa, pero no por mí, porque yo soy inmune, yo soy el indestructible. Me preocupa porque como mismo estoy cada día más viejo, todos a mi alrededor están cada día más viejos. Ellos sí pueden morirse. Morirse del cuerpo. Yo no, pero no sé qué pasaría si mis seres queridos desaparecen. No sé si mis siete vidas funcionen también para protegerme de la muerte de mi alma, de la tristeza, de la falta de alguien.

-Entonces, por eso serás responsable con esto del COVID-19, ¿verdad? Serás responsable por los otros, ¿verdad?

Ilustración: STR

-Así mismo. Por los otros seré responsable, porque yo no le tengo miedo a esa cosa.

Al Memelosky le gusta enfrentarse a la muerte: es un gusto-vicio que ha desarrollado a lo largo de los años. Es un caballero medieval. Así que, aunque estemos en cuarentena, se pone su armadura de gente muerta que lo cuida y se va a trabajar, porque el trabajo también es una forma de luchar contra la muerte, contra la muerte del espíritu. Igual, le quedan aún tres vidas al Memelosky; todavía está seguro. ¿Pero qué pasará cuando llegue al número ocho? ¿Qué pasará con su armadura, con el llanto, con el agradecimiento y Dios?  ¿Qué pasará con sus recuerdos, su historia, su vida, que ya no es solo suya, sino de su casa, de sus dos hijos, de sus mascotas? ¿Con su memoria que también ya es parte de mi memoria? ¿Qué pasará con su gusto-vicio de verle la cara al fin de sus días?

 

Cuando se acabe la cuarentena, iré a jugar a la lotería. Le apostaré al ocho, obviamente. Me voy a enfrentar a la muerte. A su muerte.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: