Cuarentena, día 13

Ilustración: Carolina Holguin Pérez

Cada mañana abro los ojos sintiéndome un náufrago durante el fin del mundo. Siempre tengo la sensación de haber dormido demasiado o de que perdí informaciones importantes mientras no estaba despierta. Aunque muchas veces solo he conseguido dormir apenas 3 horas. En las últimas semanas el avance del coronavirus ha ayudado a intensificar ese sentimiento, a pesar de que no es algo nuevo para mí: experimento una sensación parecida casi todos los días desde que llegué a Brasil, en 2016.

Mi cuarentena comenzó de manera voluntaria hace 13 días. Al principio pensé que sería fácil. Para quien hace posgraduación, el aislamiento y la soledad son parte de la rutina diaria. Despertar, hacer café, regar las plantas, estudiar durante horas, hablar solo, comer cualquier cosa, revisar el correo, hacer más café… Debían ser dos semanas como otras, pero 13 días es mucho tiempo cuando lo único que consigues hacer es pensar y perseguir titulares.

Las tareas del doctorado se me acumulan. Los artículos por revisar están parados. La mañana se va entre leer noticias apocalípticas, mandar mensajes a las personas cercanas para cerciorarte de que aún están bien, y escuchar las declaraciones atolondradas del gobierno, que hace meses declaró la guerra a la prensa y a los centros de investigación. Según las cifras oficiales, en los últimos seis días el número de casos por la Covid-19 triplicó, y ya son más de 3mil 860 infectados y 113 muertes en todo el país (al momento de escribir este texto). Las cifras no oficiales hablan de muchos más casos, que no son reportados por falta de tests o para encubrir el error del gobierno al minimizar el virus y su ineficiencia para lidiar con la crisis.

Quizás nunca sepamos si esas sospechas son reales. Por el momento, las estadísticas son contradictorias y confusas, la saturación informativa es desgastante y las mil teorías de la conspiración que circulan por internet y whatsapp, principal vía de información de una parte considerable de los brasileños, están llevando a la pérdida colectiva del sentido común. En este contexto, estar de cuarentena se transformó en un privilegio.

En cuatro años, los brasileños han visto pasar tres presidentes por el poder y enfrentan probablemente la mayor crisis política de su historia, después de la redemocratización, en 1988. El coronavirus es apenas la cereza del pastel para un 2020 que inicia con un Brasil en guerra: guerra mediática, política… crisis sistémica y económica, retroceso en sus principales conquistas sociales; 12 millones de desempleados y el récord histórico de trabajadores en situación de informalidad: más del 40 por ciento, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).

Quería que los datos alarmantes parasen ahí. Pero no. Con los muertos acumulándose en todo el mundo, Jair Bolsonaro dio un ultimátum a los gobernadores estaduales para poner fin a la cuarentena, considerada por el gobernante como «histeria», e iniciar un «aislamiento vertical», que protegería a las personas enfermas y en grupos de riesgo, mientras el resto -«jóvenes saludables»- debería volver a sus trabajos para mover la economía nacional. No pocos empresarios se sumaron rápidamente a la exigencia del presidente, sugiriendo que la muerte de varios miles de personas por coronavirus sería lamentable e inevitable de cualquier manera; pero la paralización de la economía sería aún peor. Desde entonces las mismas preguntas dan vueltas en mi cabeza: ¿qué entienden ellos por «peor»? y, en cualquier caso, ¿peor para quién?

La justificación de quien apoya el regreso masivo a las calles es que los fallecimientos estimados por la Covid-19 no superan el número de muertes anuales, en condiciones normales, en el territorio brasileño. Las cifras alcanzan más de 3600 muertos por día, lo que se traduce en más de un millón 320 mil muertes por año. Así, en frío, parece que el cálculo tiene lógica, pero ¿qué hay más allá de los números? Los neoliberales piden la vuelta masiva de «la mano de obra» que mueve el país, esos que se exponen todos los días a metros y ómnibus repletos, personas que ya reciben menos de lo que vale su trabajo y de los cuales, una gran mayoría no tiene acceso a seguro médico o planes de salud.

La mayor parte de las muertes que Brasil necesita para sobrevivir a la crisis que vendrá después del apocalipsis, no tendrá apellidos importantes. Enfrentar el coronavirus requiere, en tesis, de algunos cuidados básicos: higiene, aislamiento, alimentación y una buena hidratación. ¿Cómo harán entonces los 5,2 millones de brasileños que pasan días sin probar ningún alimento y aún así tienen que salir a buscarse la vida? ¿Qué va a hacer ese 48 por ciento de la población que nunca ha tenido tratamiento de aguas residuales y esos otros 35 millones que no tienen acceso a agua potable?

Mi amiga Jessica tiene 24 años y terminó la facultad en 2019. Desde entonces (y desde antes) está sin empleo. Se gana la vida haciendo chocolates y vive en una de las más de seis mil favelas existentes en el país, enfrentando desamparo gubernamental, corte de electricidad, falta de agua… Mi amiga es universitaria, inteligente, activista, luchadora y, sin embargo, tiene que dividir un espacio de menos de 18 metros cuadrados con otras dos muchachas que tampoco encuentran empleo. Entre las tres no consiguen pagar las cuentas y los ingresos individuales están cada día más inestables.

Y si para ellas «lo peor» comenzó hace ya mucho tiempo, imagina para aquel otro por ciento de la población que ya es invisible por vivir en las calles.

Si me preguntan, esta cubana también vivía mejor antes de parar estos 13 días para pensar en lo que está por venir. Más allá de toda referencia cinematográfica esto es lo más parecido al fin de una era, y cada vez quedan menos dudas de que nos enfrentaremos a otro mundo cuando todo acabe. Y mientras no acaba, en la distancia, sonreímos a la cámara, llamamos compulsivamente a los amigos, posteamos #tbt infinitos en las redes sociales y continuamos diciendo a nuestros padres y abuelos que está todo bien, mientras escondemos nuestro miedo a sabernos insignificantes.

One thought on “Cuarentena, día 13

  1. Ojala ese hermoso y gran pais no tenga que pagar la ignorancia del presidente y de los que solo entienden de acumulacion de riquezas. Buena reflexion por los desposeidos

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