Con/texto Magazine

La narcolepsia es un padecimiento, pero también, un estado mental: historia de Óscar

Ilustración: Carolina Holguín Pérez

Óscar tiene mi edad. Igual cumple treinta en mayo, e igual se preocupa por ello. Aunque, cabe resaltar, que su preocupación se ve interrumpida varias veces al día por sus ataques de sueño. Yo lo conozco desde hace tres años.  Desde que me mudé a la casa donde vivo ahora. Él está siempre parado en una acera por donde paso a diario. Pero nunca hablé con él hasta el nueve de marzo. Nunca en tres años, a pesar de que casi, cada día, me lo topaba. Lo veía yo, porque él estaba siempre dormido.

Me comenzó a llamar la atención la vida de Óscar desde la cuarta vez que lo vi. Él vende dulces poblanos en la 3 sur. Siempre está recostado a un muro, con sus paquetes de dulces en la mano derecha. Dormido. La primera, la segunda y la tercera vez pensé que estaba ebrio, o que estaba drogado. Pero los días continuaron pasando, y los años también continuaron pasando, y él seguía en aquella esquina, con sus dulces en la mano, volteando el rostro hacia un lado y hacia abajo, simulando estar huyendo del sol, o de la resolana. Entonces, me di cuenta de que no era normal. Que, forzosamente, debía tener narcolepsia porque, no importa a la hora que pasara yo por ese lugar, ahí estaba él, siempre dormido de pie. Igual, me percaté hace como una semana que quise tomarle una foto sin que nadie se diera cuenta, que la gente de por ahí lo cuida. El guardia del establecimiento donde se recuesta Óscar me miró raro cuando saqué el celular. Me observaba como preguntándome ¿qué haces?, ¿por qué lo haces? ¿es un chiste?, ¿por eso lo haces?, ¡responde, responde!, o por lo menos así lo sentí yo. Pero igual tomé la foto porque para mí no era una foto de burla, ni una foto para mostrarla. Era una foto para mirarlo bien, sin temor a que se despertara, de repente, y me encontrara así, como tonta, mirándolo.

Luego de ver la foto, y uniéndola con los recuerdos que tenía de cuando pasaba por su lado (leve movimiento de los dedos, control de la mano con la bolsa de dulces, boca ligeramente abierta) dije, sí, narcolepsia, y por eso lo cuidan en el barrio, porqué él ya les explicó qué ocurría.

  El veinticuatro de febrero asesinaron a tres estudiantes de medicina acá. Se suspendieron las actividades escolares. Hubo manifestaciones en contra del gobierno y en apoyo a los familiares de las víctimas. El domingo, se realizó la marcha por el día internacional de la mujer. Puebla ha estado revuelta durante estos últimos días. Las calles se han vuelto el asidero de miles y miles de personas que quieren gritar, que ya no pueden más, que están muy pero muy cansadas y han encontrado, en todas estas, el espacio para gritar no solo por las causas que provocaron dichas acciones, sino por cualquier cosa: por falta de amor, por desesperación, por no tener dinero, por tener demasiado, por no poder comer lo que quieran a causa de dietas, por la vejez y no querer vejez, por demasiada juventud, por un pleito entre amigos, por cumplir treinta, o simplemente, por gritar.

Yo he sido parte de casi todos estos movimientos que se han dado, y todos, de una manera u otra, han pasado por la calle donde se encuentra, siempre, Óscar. Ahí lo he visto todos estos días. Dormidísimo entre ese bullicio, ruido, catarsis, reclamo. Óscar está profundamente dormido y sostiene, con su mano derecha, los dulces típicos. Nadie se atreve a tumbarle sus cosas ni a molestarlo y si fuera así, creo que los recogería y sin echar pleito, se pondría en su posición habitual y a lo mismo.

El lunes nueve de marzo, el día en que le hablé, en México se realizaba la última manifestación del mes. Fue una por omisión: ninguna mujer salió a las calles, ninguna mujer fue a trabajar, ninguna mujer usó las redes sociales, no hubo anuncios publicitarios dirigidos a nosotras. Cero anuncios de shampoo, artículos de belleza, o de cocina. Todas desaparecimos. Treinta seis millones de pesos se perdieron por un día laboral sin mujeres. Yo me fui caminando hacia al centro para ver cómo se veía la ciudad, para apreciar el silencio generalizado, para ver la reacción de aquellos que salieron, de aquellos que trabajaron. En eso, encontré a Óscar en la misma esquina de siempre, en la misma posición de siempre. Dormido. Entonces, me acerqué, y le dije ¡hola, hola! Al instante, despertó. -¿Me puedes dar un dulce, porfa, cuánto es? -Son cinco pesos.

Cuando le iba a pagar no pude evitar preguntarle su nombre, y preguntarle su edad, y preguntarle por qué se dormía, y preguntarle si tenía narcolepsia. Ahí me dijo que se llamaba Óscar y que tenía veintinueve. Le dije que yo también y que me angustiaba mucho cumplir treinta. -A mí también, me respondió y me miró como queriendo cortar la conversación.

-¿Nunca me has visto? Siempre paso por aquí. Durante las marchas también te vi. Apenas te inmutaste con todo este revuelo. ¿Cómo lo logras? Ya sé lo que te pasa, pero el ruido es el ruido. ¿No tenías miedo de que te reclamaran por no unirte a las manifestaciones? ¿No tienes miedo de que te juzgaran por estar y no estar en un espacio que se volvió espacio de conflicto?

Creo que, como hablo muy rápido (porque soy cubana) y como pregunto mucho (porque soy filósofa) se quedó medio aturdido y rió.

«Aunque me duerma estoy siendo parte de esto. Por eso vine, no solo porque tengo que vender para ayudar en mi casa, sino porque el sólo ser parte de la calle por donde pasó todo, me hace parte del movimiento. Igual, por momentos, despertaba y le daba dulces a los que pasaban, porque muchos estudiantes tenían antojo y muchas mujeres se les bajó el azúcar por la caminata. Algunos me dieron algo de dinero, otros las gracias y me dijeron que era bien buena onda. Yo conozco a mucha gente. Aunque no lo creas, los veo a todos y durante estos días, entre mi dormidera, como que soñaba que también estaba caminando con todos ellos y gritaba, y le pedía agua a la gente: porque yo también fui estudiante, estudié hasta la prepa, ¿sabes?  Y también tengo mamá, que tampoco le late mucho salir con esta violencia. Por eso, entonces, salgo yo. Hay veces en que ya no soy una persona que camina o está por acá, yo soy la calle misma. Soy más eso que persona. Además, mira hacia arriba, mira hacia los balcones. Mira a la gente. Muchos no bajaron, ni siquiera gritaron desde allá arriba. Lo único que hacían era tomar fotos, filmar con los celulares. Eso también es narcolepsia, pero una peor, es narcolepsia social, ¿me entiendes?»

Miré hacia arriba; conté cuántos balcones había; nueve vacíos, pero los días anteriores, repletos de personas mirando, sin moverse, con caras inexpresivas, como asomándose para ver qué ocurría y luego de satisfecha la curiosidad, quedarse ahí, zombies, sin importarles nada de lo que estaba ocurriendo. Luego pensé en cada una de las personas que fueron a las manifestaciones y las vi desvanecerse hasta convertirse en parte de la ciudad: en pavimento, en aceras, en calles, en pases peatonales, en semáforos en verde, todas esas cosas que posibilitan el tránsito, que contribuyen al movimiento, a la acción. Y pensé en las personas de los balcones, convirtiéndose en eso, en balcones, estáticos, que solo miran.

-A ver, dame otro dulce más, porque eres muy sabio. Eres una calle sabia.

-Agarra otro; son igual cinco pesos, o si no tienes, te lo regalo.

-Ten. Y gracias. La próxima vez que pase, te voy a despertar para saludarte.

-Va que va. Y no se te olvide que la narcolepsia es un padecimiento, pero también, un estado mental.

-Exactamente, la narcolepsia es un padecimiento, pero también, un estado mental.

Me fui de regreso a casa, sintiéndome calle que se cruza con otras, que se encuentra con Óscar, lo despierta y lo saluda.

Un comentario sobre «La narcolepsia es un padecimiento, pero también, un estado mental: historia de Óscar»

  1. Esta reflexión-narración muestra, en primera, que hay varias maneras de percibir el mundo y formar parte de una comunidad; en segunda, que la casualidad descubre lazos insospechados; en tercera, que la edad nos pega a todos aún cuando somos tan jóvenes como la autora. Mundo, azar y temporalidad: excelente texto.

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