Con/texto Magazine

El muxe universal

Muxe
Ilustración: Abel Puente Cotilla

«Yo no creo en las modas. Me molesta ver cómo ahora todo el mundo quiere no pertenecer a ningún género. No estoy en contra, pero tampoco apoyo a los movimientos LGBTQ porque siento que la mayoría no sabe lo que quiere, no sabe lo que siente. Y si algo yo tengo claro en la vida, es lo que quiero y lo que siento».

Conocí a Daniela hace unos años porque me fui a Mazunte de vacaciones. Él trabajaba en el hostal donde me quedé, un lugar en extremo hípster, bastante incómodo, pero también bastante caro, precisamente por ser incómodo; es la moda.  Daniela era quien preparaba el desayuno a los foráneos que nos quedábamos en el lugar. Como andaba sola, me puse a conversar con ella, porque desayunar sola es un acto demasiado introspectivo y yo me fui a Mazunte huyendo, precisamente, de esa introspección que me consumía todos los días.

Entonces me puse a conversar con Daniel, que era el único que estaba en el lugar a las 7 de la mañana. «¿Has observado a la mayoría de la gente que viene acá, has visto cómo se visten, cómo se expresan? Creen que, porque traen ropa de bazar unisex, ellos también son unisex. Creen que, porque se comportan ambiguamente, son realmente ambiguos. Ellos piensan que escapan del género por la forma en que se visten».

–¿Ah, y tú no eres así? –le pregunté mirándolo de arriba abajo–. Yo te veo vestido de mujer y te veo moviéndote como mujer y todo ese drama.

–Pero es diferente. Yo soy muxe. Un muxe poco convencional, pero es lo que soy, muxe. Muchos creen que nosotros somos travestidos, que nos gustan solo los hombres. Pero no es así. Desde que nací supe que era eso. Y como de donde vengo las cosas con los muxes están tan normalizadas, no tuve conflicto ninguno en desarrollarme como tal. Lo que sí nunca me gustó fue que lo normal es que me vistiera con huipiles y toda la ropa tradicional. Pero fuera de eso, nunca hubo algún conflicto dentro de mí.

Yo escuchaba toda aquella metralleta, viendo, a la vez, cómo los pescadores casi llegaban a la arena, cargados de tiburones bebés. Tiburones bebés que luego vendían a cuatrocientos pesos, a los mismos inquilinos del hostal hípster.

«Me vine a Mazunte a trabajar hace un año –empezó–, antes de eso me fui a Ciudad de México un tiempo, pero allá no me veían como muxe, sino como travesti y ya. También, en dependencia de los lugares en donde me moviera, era travesti chido, nice, o baril, quiero decir, una puta naca. Me junté con mucha gente.

Tuve suerte y durante un tiempo un amigo me hizo el paro de que me quedara en su casa. Él vivía en la del Valle, pero se relacionaba con puro vato gay de dinero. Íbamos a muchos bares alternativos, pero fresas, para niños ricos. Ahí, estuve un tiempo hasta que me volví loca porque esos chicos pensaban que como yo era muxe y como venía del Istmo de Tehuantepec, me tenía que vestir tradicional, con el chingao huipil que es muy bonito pero que a mí no me gusta, no me queda. Me siento un tamal. Ojalá fuera mi estilo, porque es nuestro traje tradicional, pero no. Yo siento que me queda mejor la moda argentina. Aquí varios me han regalado modelos de allá y tanto la ropa de hombre como la de mujer, va conmigo.

Pero voy a seguir con la historia de México; ellos empezaron a querer decirme amigue o me enviaban mensajes poniendo una x en vez de amiga o amigo, y querían que yo, o fuera un muxe tradicional, o que simplemente acabara de comprender que yo era un travesti y ya. Un travesti no se entrega en cuerpo y alma a su madre. Nosotros sí. De hecho, yo me fui, pero voy a regresar o traeré a mi mamá conmigo para cuidarla; esa es una mis mayores responsabilidades en la vida. Eso e intentar ser feliz, pero está difícil lo último. Luego, me obstiné de esa gente y me renté ya en una colonia bien mala, y me empecé a juntar con pura banda un poco confusa.

También me enamoré de uno que me hizo la vida imposible. Fue una relación tóxica. Me pegó. Aparte que le incomodaba que yo no me reconociera como gay ni como nada de eso. Los mexicanos son a veces muy irrespetuosos con su propia cultura. Él decía que todo eso de los muxes era una justificación para algunas madres, someter a los hijos que no son bien machitos, y por otro lado, algunos estar en la jotería, vistiéndose de mujer.

A mí eso me partía el corazón, porque recordaba cómo me reconocí muxe, después de tener relaciones con un primo. Y lo linda que fue mi mamá al apoyarme. Y mi papá también. Lo que no les gustó mucho fue que un primo se hubiera acostado conmigo cuando yo era menor de edad. Pero luego se les olvidó. Pensé en cuando aprendí a bordar y otras cosas de mujeres. A mí me gustaba mucho bordar, yo creo que por eso terminó desesperándome la ropa tradicional.

Y recordé que cuando tuve novia, igual la quise mucho y la pasamos muy bien. Y con ella sí podía vivir y casarme aun siendo muxe, cosa que los muxes que solo le gustan los hombres no pueden hacer. Yo le contaba todo eso y le contaba que los muxes tenemos una sensibilidad desbordada hacia todas partes y que nuestra alma se adapta a la pasión que nos consuma, pero eso sí, nos sentimos definidos como tal y eso tiene sus concepciones.

Cuando soy mujer, soy mujer con genitales y cuando tengo novia y soy hombre, soy un hombre vestido de mujer. No es lo mismo que decir que uno no tiene género o que no cree en cánones de femenino y masculino. Eso sí existe, existe mucho. Pero lo que nos hace especiales a nosotros, es la capacidad de transitar de un lado a otro sin abandonar ninguno de los dos bandos, nunca».

Me pidió un cigarro y siguió, no me dejaba hablar. «Al final terminé separándome de ese tipo, me contagió herpes y papiloma. Yo me enteré porque luego tuve otra novia y se lo pegué a ella. Imagina qué vergüenza. Era una buena chica, me aceptaba vestido de mujer y todo. Su familia también, pero no aguantó que la contagiase, y cortamos. Entonces volví a mi casa un rato, con mi mamá.

Estuve trabajando en un sindicato que tenemos allá, pero ya estaba acostumbrada a otro ritmo de vida y a otros atuendos. En ese momento, me di cuenta de que yo quería ser diseñador de modas y estudiar en otro país. Por eso me vine a Mazunte, para ganar dinero y pagarme un curso. Ya vi varios en Europa, que si trabajo un año y medio acá, me lo puedo pagar. Además, puedo buscar becas porque todas estas discusiones de género han sido muy apropiadas para sacar bastante dinero. Hasta a las muxes de mi comunidad les han pagado por salir en revistas extranjeras. ¡Ay amiga, aquí todo el mundo vende sus principios por unos dólares!

Mi mamá no está enojada conmigo porque volví a irme. Dice que hago bien, que disfrute y que me prepare porque mientras más preparado esté, más confortables serán nuestros días futuros. Cuando regrese de Europa, le voy a comprar una casa. Y me la voy a llevar a pasear mucho. Ya me imagino yo, así, famoso, diva, haciéndome llamar el muxe rebelde. El muxe sin huipil. El muxe universal. ¡Jajaja! Vamos a seguir en contacto nosotras, porque nadie sabe… A lo mejor te voy a hacer la visita. ¡De dónde eres?»

–De la Habana. No de Cuba –respondí–, sino de la Habana; específicamente del Vedado. Cuando vayas a Cuba verás qué significa eso. Pero vivo acá en México, en Puebla, ahí tienes tu casa, amiga.

–¡Ay qué linda!, muchas gracias. Yo soy de Juchitán. Ahí también tienes tu casa, pero la verdad es que no hay nada que hacer, a no ser cuando se celebra la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro. ¡Jajaja! Es una festividad de mi pueblo y normalmente nosotras tejemos huipiles, decoramos y va toda la comunidad. Bailamos mucho, tomamos y a veces encontramos un amor que nos acompañe. Te gustaría. Además, antes tenía tintes políticos porque surgió como una posada entre los que militaban en el Partido Revolucionario Institucional, pero ya luego se volvió un bailongo.

«A ver si la próxima vez que vengas a Oaxaca, vienes por esas fechas. La verdad que eres buena para platicar, no como el resto de los que se están quedando en el hostal. Son gente pobre, pobre de alma. Sin criterio. Podría apostar que en un año vendrán con una actitud diferente y se les olvidará todo eso de la no definición y del lenguaje inclusivo y de la ropa de bazar. Ya verás. Bueno, seguimos luego que ya tengo que ponerme a atender a esos de allá. ¡Se acabó la tranquilidad matutina! Mañana trabajo igual por la mañana así que seguimos la plática. Te contaré de mis proyectos de moda. ¡La muxe universal, el muxe universal!»

Se fue a la mesa de otros chicos a servirles el desayuno que estaba incluido en el paquete del hospedaje.

Yo me quedé ahí, sola, una vez más, mirando cómo los pescadores exponían en la arena a los tiburones bebés muertos. Algunos foráneos ya estaban comprando. Prendí un cigarro y volteé la mirada hacia Daniel, que le tomaba un pedido a otra mesa. Ya no estaba sonriendo, ni platicaba tanto como conmigo.

Recogí mis cosas, le dije adiós y me fui un rato al mar. Al mar que, como Daniel, se mueve indistintamente entre lo masculino y lo femenino. Daniel, Daniela, el mar, la mar. Al mar que no le gustan los atuendos tradicionales. Al mar, que cambia en dependencia de la pasión que lo consuma, pero que aun así no abandona jamás su dualidad esencial. Al mar rebelde, al mar sin huipil, al mar universal.

Después de nadar fui a mi habitación y agarré el celular. Busqué qué significaba eso de MUXE. Primera vez en la vida que escuchaba esa palabra.

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