La revolución será feminista… y verde

Marnia Briones vive en el 515. Si alguien busca su casa lo más seguro es que siga de largo, porque el micro-bosque en la entrada impide distinguir el número. En ese pedazo de tierra se apretujan matas de orégano, bambú, granada… de modo que la palabra «jardín» le queda chiquita.

Un par de años atrás, Marnia se dio cuenta que no bastaba con ver documentales y leer sobre medio ambiente. Junto a una amiga tomó la decisión: «vamos a hacer algo». ¿Pero qué? Se les ocurrió sembrar, empezando por las semillas de aquello que comían.

Así surgió el proyecto Mano Verde, que cada 15 días reúne en su casa a amigos y niños de la comunidad, en Miramar. En pozuelos de helado y botellas de aceite recicladas comenzaron a germinar mangos y mamoncillos, naranjos y limoneros. Hoy el vivero acumula más de 200 individuos. «Todo es voluntario, nadie nos ayuda; y yo quiero mantenerlo así, porque es bueno demostrar que puedes hacer cosas sin dinero».

En medio de una cotidianidad tan apabullante, resulta esperanzador que haya gente dispuesta a aportar a cambio de nada. Sin embargo, el problema no está en la energía colectiva, sino en los mecanismos para encauzarla.

Cuando los retoños alcanzan tamaño suficiente y necesitan más espacio, entonces aparecen muros, muros, muros… «Pasamos mucho trabajo para plantar», asegura Marnia. Aunque han logrado sembrar algunos en el Parque Metropolitano de La Habana y en la Facultad de Biología, por lo general esta es la parte más difícil. En el barrio, por ejemplo, a veces los árboles recién trasplantados mueren a manos de la chapea irresponsable.

Buscando ciertos anclajes oficiales, que les permitan quizás mayor rango de acción, los organizadores de Mano Verde esperan presentar sus ideas al gobierno municipal de Playa, mediante la próxima convocatoria de proyectos comunitarios.

El proyecto incluye objetivos como reforestar y mejorar las áreas verdes del barrio, con especies cubanas y frutales; organizar recogidas de semillas, a partir del propio consumo; aprender sobre los usos y beneficios de las plantas; y fomentar la cultura de reutilizar / reciclar / reducir. Claro, se trata, además, de sentirse útiles y divertirse.

No obstante, Marnia insiste en la eficiencia de las pequeñas obras: «Tampoco mi interés es ser líder. Mi interés es plantar árboles. Creo que al final las cosas cambian por tu ejemplo, no por lo que tú digas».

Si hablamos de ejemplo, también hay que hablar de ella, porque en medio metro cuadrado de tierra produce compost con la basura de su casa, y en la terraza cultiva lechugas y tomates cereza, que luego le sirven de ensalada.

Marnia es pintora autodidacta y vive de reciclar. Literalmente. Piezas de artesanía creadas por ella se venden en la tienda de regalos Cossitas. «Empecé a decorar lo que me sobraba, coqueteando con lo que había a la mano». Pomos de cristal, cajas, muebles… cenicientas convertidas en princesas.

Aquí la belleza guarda un particular sentido pragmático. «Después te das cuenta que esto tiene valor añadido: no solo es bonito, útil, sino que no genera desechos, y se fabrica con poca energía. Es cerrar un ciclo, hacer lo mismo que la naturaleza, donde no se bota nada».

 

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El activismo ambiental en Cuba posee más tradición de la que se conoce. Sin embargo, en fecha reciente puede decirse que ha ganado nuevos bríos, con varias convocatorias para limpiar ríos y playas, organizadas por ciudadanos comunes y desde las instituciones.

Quizás esa transversalidad sea la primera característica de este movimiento que ahora se vuelve más visible: da igual de donde uno venga; lo que cuenta es ayudar. Como lo bueno se pega, las iniciativas crecen y se multiplican, y resultan diversas como la vida misma.

Lonier Mederos, tatuador, creó en Facebook el grupo Blue heart, a raíz del Reto de la basura o #TrashChallenge. «Vivo a dos cuadras del Almendares, y llegó un momento en que la suciedad del río me saturó, me volvió loco».

El mayor curso de agua de la ciudad recorre 45 kilómetros, desde Tapaste, Mayabeque. Por el camino va arrastrando los desperdicios de varias fuentes contaminantes, entre ellas, los barrios El Fanguito y El Husillo, que apenas disponen de cestos de basura. «Todos esos desechos recalan en la desembocadura −cuenta Lonier−, y llegan justo a la parte del Río Club Johnny, donde nosotros recogemos».

De marzo hacia acá han realizado saneamientos aproximadamente una vez al mes, los domingos. Sumarán alrededor de 50 personas, aunque las caras cambian en cada encuentro. «Eso es lo interesante, que los activistas varían, siempre hay gente nueva, y esa gente se lo comenta a otros, y va aumentando el grupo», señala Lonier.

Aun así, la cantidad de basura aglomerada precisa más que manos y buena voluntad. En varias ocasiones la Dirección de Servicios Comunales y el gobierno de Playa enviaron los camiones para mover la montaña.

Con ello emerge, sutil, una evolución en la práctica ciudadana de las últimas décadas. Mientras lo usual ha sido que las organizaciones convoquen y las personas se incorporen, ahora el llamado va en sentido opuesto.

Teniendo, como tenemos, una enraizada tradición burocrática, ello puede generar reacciones del tipo: «¿y quién tú eres?», «¿por qué estás haciendo esto?», «¿con permiso de quién?»… Eso, o respuestas positivas, como en el caso anterior. (De cualquier manera, las instituciones deberán aprender a lidiar con la iniciativa popular, y, lejos de satanizarla, apreciar la carga cívica que lleva implícita).

Por otro lado, el Internet por datos móviles ha ampliado la capacidad de movilización, además de reforzar los vasos comunicantes entre diferentes espacios. «Somos un proyecto que funciona con sus propias acciones, pero la parte de trabajar junto a los demás es esencial. Operamos también como una plataforma de conexión para todos esos proyectos», destaca Claudia González, coordinadora de Embajada Rebirth / Tercer Paraíso Cuba.

Al igual que otras embajadas en el mundo, la representación en la isla del Tercer Paraíso promueve la transformación social responsable, desde el arte y la creatividad, partiendo de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible establecidos por la ONU.

La Zona Rayoactiva (jugando con su ubicación en la calle Rayo, en Centro Habana), constituye una de sus actividades fundamentales. Alguna de sus ediciones estuvo dedicada a la permacultura, alimentación saludable y agricultura sostenible.

Mediante una especie de feria comunitaria, se exponen propuestas y buenas prácticas de instituciones, ONGs, emprendimientos, asociaciones, y personas, a título individual. «Al final lo que importa es que todos estamos trabajando en función de lo mismo», dice Claudia.

 

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Matthew Johnson, estudiante de maestría en la Universidad de Utrecht, Holanda, pasó tres meses en Cuba investigando los nexos entre Internet y el activismo juvenil. «Mucha gente me habló de una explosión del activismo ambiental, especialmente entre jóvenes; y junto con los derechos de la comunidad LGBTI y los derechos de los animales, el ambientalismo parece una de las más populares causas sobre las cuales postear en Facebook».

Independientemente del número de personas vinculadas, o de si el término «movimiento» se ajusta a lo que estamos observando, sin duda el fenómeno apunta a cuestiones pendientes en la sociedad cubana actual.

Por ejemplo, la gestión de desechos y el reciclaje. Luego de las recogidas en los ríos Almendares y Quibú, el impacto ambiental viene a ser ínfimo, comparado con el esfuerzo. «Es verdad, se limpió una parte. Pero en realidad eso no resuelve mucho −explica Diana Rodríguez, bióloga−, porque todo el flujo de arriba vuelve otra vez, porque la gente y las industrias siguen botando basura».

Vivir en permanente escasez ha provocado que la mayoría de la población recicle de manera informal, o estire al máximo el tiempo útil de los objetos. Jabas, botellas, ropa, piezas de repuesto… casi todo lo usado o roto «aguanta un poquito más» o «se puede aprovechar para algo».

Aquello que, bien mirado, representa una ventaja, invierte su signo cuando mejoran las condiciones. Entonces reciclar significa miseria, atraso. Un caso típico se encuentra en la agroecología: durante el período especial recurrimos a ella de forma masiva −porque no había más remedio−, y resultó. Apenas respiramos, volvimos a la agricultura dependiente de insumos, insecticidas y maquinarias.

«No tener dinero para fertilizante, o no poder comprarse unos Nike, constituye un símbolo de pobreza aquí −comenta la bióloga−. Es muy difícil cambiar la mentalidad y decir: con lo mismo que te dio la tierra puedes producir abono; o, tú no necesitas unos Nike, te pones unos zapatos normales, y ya». Entre nuestra histórica demanda insatisfecha de consumo y el consumismo desaforado apenas existe una delgada línea.

Pendiente sigue, además, inaugurar relaciones menos asimétricas entre la ciudadanía y el aparato estatal. Y sacarle partido al diseño de las instituciones en el país. «Creo que tenemos los mecanismos y modos de gobernabilidad para que las cosas funcionen, incluso más fácil que en otros lugares −destaca Diana−. Están las empresas, el sector privado, las cooperativas… Esa diversidad es oportunidad».

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