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Lo que trajo el río

Cementerio de los NN en Colombia
Ilustración: Carolina Holguín Pérez

La peor forma de llegar a Puerto Berrío es por agua. Muchos lo hacen. Unos 160 desde que se empezó a contar. No es poco. Aparecen sin vida arrastrados por el río Magdalena, sin documentos legales, irreconocibles: son los NN, los Ningún Nombre.

A Puerto Berrío se llega: la mayoría desde un pueblo cercano traídos por la corriente. Cuando los sepultan, algunos tienen suerte y son adoptados por un alma caritativa del mundo de los vivos. La tradición es que quien los adopte les lleve flores, velas, les cuide la tumba y les ponga nombre y les invente una historia. El nombre viene de epifanías mañaneras. O en honor a un familiar desaparecido hace mucho. Óscar Restrepo, por ejemplo, es un NN de 18 años que hacía recados para la guerrilla y fue descubierto; David Rentería, otro joven de 20 que vendía droga para sacar adelante a su hijo; Raúl Escobar, 25, empezó a tocar armas, a usarlas, y se disparó por accidente; Camila Ospina, 34, mujer hermosa y popular que sobrevivió a dos maridos, pero no al tercero; Daniel Achito, 33, líder indígena de Antioquia que metió las narices donde no debía; Jhon Jairo Córdoba, típico muchachito exitoso que había hecho fortuna antes de sus 30 y eso, se sabe, causa envidia en pueblos pequeños; Marcos Uribe, a dos días de cumplir 19, cayó fulminado en un ajuste de cuentas entre bandas rivales. Casi todos hombres. Casi todos entre los 18 y los 35. Casi todos muertes violentas.

Pero el río no sabe de violencia. Lo que se tira es el cuerpo. El descanso, dicen, es el mismo.

El proceso para adoptar a un NN es simple: lo más importante es saber hablar, sí, ser una persona con carisma. Lo demás viene fácil. Comunicarse con los muertos es más sencillo de lo que aparenta. Hay que despertarlos, darles unos toquecitos en el osario y asegurarse de que despierten bien. Luego toca pedir, y uno pide por lo que le interesa: favores, protección, reconocimiento; muchos piden por dinero, otros por la muerte de alguien. Después hay que prometerle: «te juro que no lo vuelvo a hacer, sácame de aquí. Que así me toque caminar de rodillas, lo que sea, te juro que no lo vuelvo a hacer».

Es uno de noviembre y empiezan a llegar los periodistas. Mañana será día de los Fieles Difuntos y, paradójicamente, el pueblo se llenará de vida. El fervor religioso se siente todo el año en Puerto Berrío, pero mañana será diferente, mañana será especial. En el cementerio está el que viene por muertos propios y ajenos. A las cinco de la tarde se celebra la misa. Luego los periodistas podrán hacer sus preguntas.

La policía se esfuerza en la identificación, aunque siempre está el que lo duda. El proceso varía dependiendo de la estación, pero generalmente sucede así: primero se va a buscar el cadáver, luego se lleva al forense y este trata de identificarlo; cuando no puede, cuando las marcas de identidad están deformes o, simplemente, no están, se le pone una seña y se espera una semana por si aparece la familia.

Al llegar, los NN pueden ser colocados en bóvedas o en osarios. Las bóvedas duran tres años. Pasado ese tiempo ponen los huesos en celdas de custodia. Los osarios son para siempre. Pero claro, hay que pagar. Cuestan unos 400 mil pesos colombianos; 120 dólares. El que de verdad quiera que el NN cumpla sus deseos ahorra para el osario. Incluso en la muerte, que quede claro, hay clases sociales.

El problema de Colombia es que hay pocas certezas. Ni la vida, ni la paz, ni los presidentes, el trabajo o la tierra. La muerte es lo único seguro. Todo el mundo piensa saber este tipo de cosas, pero en Puerto Berrío verdaderamente «se sabe». La medida más valiosa de este mundo es la durabilidad de las cosas. Los que adoptan a los NN se reconfortan con la idea de que algo permanente, realmente permanente, pueda pertenecerles. Sienten que los invade una súbita ternura al ver las tumbas y los nombres dados a sus hijos escritos con pintura negra.

Aquí nadie viene a morir. Dicen que aquí no muere nadie. Aquí llegan los cuerpos y aquí, por deber, se les da cristiana sepultura. Lo he pensado bien y creo que ese es uno de los principales atractivos de Puerto Berrío: un pueblo en el que uno cree que no se va a morir, que los muertos vienen de fuera. Que eso siempre sucede en otra parte.

Sospecho que este lugar es la síntesis de algo: antiguo, rodeado por el río y rodeado de almas. Hay quien dice que el Magdalena es el cementerio más grande del país. Pero nadie parece triste. Los NN son pequeños pozos de los deseos. Colombia tiene más desaparecidos que Chile y Argentina juntos. Muchos cuerpos sin identificar, escondidos. Los más suspicaces sacan cuentas. Si cada NN hiciera lo que se le pidiese y escuchara a los vivos, se acabarían para siempre los problemas nacionales.

«Lo que no se nombra no existe» dice un viejo. Todo lo bueno de este mundo tiene nombre. Es fácil saber por qué. Si los muertos no tienen entonces no son nada ¿verdad? Es como si nunca hubieran existido, como si Dios no los hubiese creado. Si no los reconoce se quedan para siempre caminando entre el cielo y la tierra. El favor es mutuo. Uno le pone nombre y lo hace suyo para que pueda descansar en paz. «Al final solo existen los hechos» remata el viejo.

Nadie sabe exactamente quién fue el primero en pedirle deseos y milagros a los muertos ni tampoco por qué lo hizo. La necesidad de esperanza es tan antigua como el primer ser humano enfermo. Una cura para el alma de un país, eso es la adopción. Aunque lo que pidas no se cumpla.

En sus casas, la gente guarda fotografías de gente que ya no es. La gente guarda, incluso, partes de gente. Si te tienen confianza te invitan a pasar y las muestran. Tienen que ser huesos pequeños, vértebras y así que sirvan como amuletos, que se escondan fácilmente en el bolsillo. Algunos tienen las chapillas que la policía coloca en los cadáveres para saber que son NN. Robar estas chapillas es un delito. Pero a mayor riesgo, mayor beneficio.

El animero del pueblo parece no estar de acuerdo con esta costumbre. El animero es una figura pública, esencial, infaltable. Es quien mejor se comunica con los muertos. Una conexión especial, si se quiere. Pide por las almas, por su descanso eterno. Pide por aquellos que están a punto de condenarse. Las tareas del animero son pocas, pero importantes. En el día de los Fieles Difuntos hace más. Se pone una capucha negra de plástico y da una vuelta y recoge a todas las almas que esperan por su misa, por su rosario. A las dos de la mañana termina y las devuelve. El cuerpo fue una vez una persona y esa persona tuvo una dignidad y eso hay que mantenerlo. Esto piensa, seguro, el animero. Como si en verdad fuera posible.

Hace mucho que los colombianos abandonaron sus tierras y se marcharon a las grandes ciudades: a Bogotá, a Cartagena, a Cali; los más arraigados volaron cerca a Medellín; a Barranquilla. Es un proceso natural, histórico, esto se sabe, desde la Revolución Industrial inglesa la vida en el campo dejó de ser chic. Las ciudades se llenaron de gente que buscaba una vida más digna. Últimamente está el que ha invertido el proceso. «Sí, vivamos una vida más digna en el campo, chicos» pensó por primera vez un hípster de La Candelaria[1] en una desapacible tarde de domingo. En Puerto Berrío, lugar de viejas costumbres super sanísimas, la dignidad no existe. O no vale nada. O no mucho…al menos.

Pero en Puerto Berrío nadie pierde el sueño por esto. El sueño se pierde por cosas más triviales. No merece la pena. Los NN seguirán llegando por el Magdalena. Siempre habrá alguien vivo para ponerles nombre.

 

 

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[1] Barrio de Bogotá

 

 

 

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