Cuando termina el simulacro: ternura, división y mentiras de Lenín Moreno

Lenín Moreno resultó un traidor de la izquierda

La primera historia que recuerdo sobre la vida en Ecuador la escuché de mi padre, cuando regresó de su viaje en 1999:

«Tú veías cuando el semáforo se ponía en rojo y los niños venían corriendo a limpiarte el parabrisas o a darte algo, aunque fuera un papel: cualquier cosa para que les dieras dinero.

Muchos se enteraron de que había un evento en la universidad de Quito y vinieron con sus cajas a limpiar zapatos. Eran de siete u ocho años, menos de 11 siempre. Increíble la cantidad de gente que vivía en los separadores de las avenidas, ¡increíble! Y no pocas niñas cargaban un bebé de uno o dos años. Cuando ponían la luz verde los veías toreando los carros para pasar».

Veinte años transcurrieron y los semáforos de Ecuador siguen teniendo pequeños acompañantes diurnos que trabajan por unas pocas monedas.

Desde 1999 hasta la fecha han pasado varios presidentes por el palacio de Carondelet. Aunque muchas biografías hacen cronología de la vida política de Lenín Moreno desde sus inicios en Alianza País, su primera participación en la administración pública fue en el gobierno de Abdalá Bucaram (1996-1997), después siguió en el de Gustavo Noboa (2000-2002) y más tarde con Lucio Gutiérrez (2002-2005). Para 2007 Ecuador contabilizaba varios gobiernos interrumpidos, y décadas de promesas lanzadas al viento.

La victoria en las urnas de Alianza País fue la máxima expresión de la crisis que transpiraba el país. Un proyecto transformador con altas dosis de reforma sociales llevaría al partido de apenas un año de vida, a proponer a su carismático líder, Rafael Correa, para la presidencia. Y ganó.

Diez años después juramentaron un sucesor que ganó en segunda vuelta. Los medios anunciaron su entrada a la cumbre del poder como la garantía absoluta de continuidad del proyecto impulsado por Correa.

«Yo no voté por esto», dicen muchos ecuatorianos en redes sociales tras su gestión del país y el escándalo por corrupción (https://www.metroecuador.com.ec).

El 24 de mayo de 2017 ocurrió su investidura:

–Señor Licenciado Lenín Moreno Garcés ¿jura usted que cumplirá fielmente las funciones otorgadas por la

Constitución de la República y la ley? –le preguntó el presidente de la Asamblea Nacional, José Serrano.

–Sí, juro –contestó solemne.

–Si así lo hace que la patria y el pueblo ecuatorianos lo reconozcan, caso contrario lo juzguen.

Correa, sonrisa y orgullo en el rostro, le colocó la banda presidencial. Lenín lo miró de frente con la expresión icónica de compromiso que una imagina en el rostro de los mártires, mucho antes morir. El futuro parecía ganado, a tono con la década anterior. La emoción del momento le arrancaba aplausos a la sala atestada de gente. Correa también aplaudía.

Pronto, Lenín comenzó una oleada de diálogo nacional para separarse del discurso confrontador de Correa y cultivar una política de ternura, “las obras con amor”: su área de expertise, dados los años que hizo de orador motivacional, tiempo después del disparo que lo dejó paralítico.

No eres tú, soy yo

La proyección comunicativa del presidente dio un giro hacia lo postpolítico y postideológico, pero no quedó ahí. Lo que vino más tarde me recuerda a una escena de Dogville. Uno a uno, los defensores de la Revolución Ciudadana, fueron cayendo.

Desde un posicionamiento centrista se inició un proceso de satanización de la izquierda que ganó adeptos, entre otras razones porque aprovechó ciertos vacíos de consenso heredados del gobierno de Correa, con lo cual, logró mover buena parte de la opinión pública. Entre ellos, los disensos con movimientos indígenas: terreno fecundo para sentar la idea de apartarse de los reclamos de una izquierda que los había dejado en la orfandad.

La magia de toda una vida

El programa esperanzador de Lenín para el pueblo (informacionecuador.com).

La magia es un poder que se auto-regalan muchos hombres. Y este subcontinente tiene mucho de eso: hombres mágicos para los pueblos, o para ellos mismos.

El programa Toda una vida tuvo algo de magia; surgió solo dos semanas antes de la segunda vuelta de las elecciones del 2017 «porque consideramos que un gobierno y un país responsables deben preocuparse por sus ciudadanos toda la vida, desde el mismo momento de su concepción hasta que Dios decida cerrarle los ojos», dijo Lenín y prometió de todo para todos.

Pero, una vez que el gasto público comenzó a demonizarse, la lucha contra la corrupción –solo en el sector público, valga acotar– se convirtió en bandera. Economía, empleo y desarrollo ingresaron al limbo. La deuda del gobierno previo fungió como razón de miseria, y el político tierno pidió préstamo al bolsillo dispuesto del Fondo Monetario Internacional.

Lenín, adalid de la Ceocracia, apostó por liberalizar la economía y encaminó su gestión a la reducción del Estado, representando así una ruptura radical con la verticalidad predominante del gobierno anterior. Raudos alzaron la voz quienes vieron en esa transición inesperada el cadáver del Socialismo del Siglo XXI, «aquel engendro ideológico de Chávez».

Su voluntad

En silla de ruedas, cabeza erguida, Lenín habla con aires de grandeza. Me parece un pastor evangelista, tal vez por cierto matiz de nobleza en el tono de su voz y en sus gestos cuando justifica cada acción como un deber que lo trasciende, deber de causa mayor, no la de Dios, sino la de la Patria, esa misma por la cual Julian Assange no podía continuar «ensuciando con sus heces las paredes de la embajada en Londres», o eso dijo Moreno.

¿Cómo puede un proyecto de sociedad depender de la buena voluntad de un hombre? He ahí un punto neurálgico.

El ascenso de la izquierda en Latinoamérica se debió a la crisis que vivía el continente, así como la Revolución Ciudadana es la máxima expresión de la crisis orgánica que vivía Ecuador. En cierto sentido, la izquierda sufrió una caída estrepitosa. El cambiante escenario político testificó retrocesos que se creyeron imposibles en «la década ganada».

Quizá el punto crítico donde radique una explicación holística del estado de cosas actual, sea el hueco programático –y estratégico, por cierto– para la construcción de hegemonía, un concepto ampliamente desarrollado por Antonio Gramsci.

Rafael Correa sigue defendiendo el proyecto de Revolución Ciudadana (https://www.metroecuador.com.ec).

Ningún proceso progresista puede estar anclado a los años de vida de un ser humano. Los críticos de Correa le señalan la ampliación del Estado, la centralización; se trata de una cultura de hacer política que debe transformarse en el seno de la izquierda para garantizar la salud de la democracia más allá del presidente de turno.

Alianza País fue un partido creado para las elecciones, apenas un año antes de su victoria; adoleció de un corpus teórico que sostuviera su gestión futura, y de la visión previsora de ampliar su base social; se concentró en el marketing político vía carisma del presidente Correa, más que en la movilización popular, o en la aglutinación de voces divergentes para consolidar una voluntad colectiva construida políticamente.

Alianza País y la izquierda deben pensarse allende el momento inmediato, pero sin dejar de tenerlo en cuenta. Eso conllevaría considerar, por ejemplo, el cambio en la comunicación, las nuevas maneras de interconectarse. Las redes sociales reavivan en los sujetos el reconocerse actores políticos, lo que debería conducir a una concepción más participativa de los partidos. El verticalismo ha dejado de existir y empeñarse en él es esfuerzo estéril.

La construcción colectiva, no la imitación de lo añejo, sobre la creación de consenso es, quizás, la perspectiva que pudiera regresarle a la izquierda el terreno perdido, pero pesa sobre sus hombros la desconfianza de muchos latinoamericanos. Una transformación de orden cultural, moral y de los modos de hacer hermanada al presente, no a un deber ser del pasado asumido contantemente como herencia indubitable.

Si un escenario de “crisis orgánica” no se aprovecha para ese cambio profundo, que implica también crear las instituciones de ese nuevo proceso, volverán las ilusiones de los sectores empobrecidos a estar sobre un hombre inmágico, y eso tiene consecuencias.

Sí, es necesario construir hegemonía, y establecer los mecanismos, las instituciones y la cultura de la creación conjunta. En este siglo no creo que haya esperanza sino es de ese modo. Al final, higienizar la política nos corresponde todos.

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